Sigo, como probablemente imaginarán, a algunos de mis colegas en Twitter. No voy a solemnizar mi presencia en redes sociales presumiendo de usarlas como ‘herramienta profesional’, que equivaldría a cuando Mercedes Milá llamó a esa quintaesencia de programa basura, Gran Hermano, “un gran experimento sociológico”. Pero servirme, me sirve.

Me sirve, al menos, para comprobar que un número no despreciable de mis colegas hace de la crisis de lo nuestro una lectura ‘borbónica’: sin haber aprendido nada y sin haber olvidado nada. La narrativa habitual es que todo iba a pedir de boca, los medios eran un maravilloso espejo de la realidad elaborado por profesionales imparciales y meticulosos cuando de repente llegó Internet y la gente, que es tonta de remate, huyó de la realidad para refugiarse en el cotilleo en torno a Belén Esteban o a las teorías de la conspiración.

Comparaba hace pocos días un colega las informaciones inanes de no sé qué digital con no recuerdo qué cobertura informativa que hacía The New York Times, cuajadita de datos, verbosa y con ese lenguaje tan de biblia irrefutable que ofrece “All the News That’s Fit to Print”. Pero dos de las noticias que más tinta ha gastado en la ‘Dama Gris’, y con ella en el resto de medios convencionales -en información, análisis y comentario- y que más repercusión han tenido últimamente han resultado ser falsas.

En Ferguson, Missouri, un policía mató a tiros a un adolescente. La narrativa oficial en los medios fue que un agente blanco, movido por puro odio racial, había disparado a sangre fría a un adolescente joven de color mientras este levantaba los brazos y pedía al policía que no disparase. La noticia no solo provocó manifestaciones y protestas en todo el país, en muchas de las cuales se abogaba por el asesinato de policías, sino semanas de pillajes, violencia e incendios en la propia ciudad del supuesto homicidio. Finalmente, la investigación demostró que el policía en cuestión había parado al joven después de que este asaltara una tienda y mientras paseaba tranquilamente en medio de la calzada entre los coches; que cuando se le dio el alto se arrojó sobre el policía, le golpeó en la cara y trató de arrebatarle el arma. Ferguson ha quedado en la ruina, decenas de personas han perdido su negocio, las empresas cierran sus sucursales en la ciudad, los precios de la vivienda están por los suelos y el diálogo interracial se ha enrarecido aún más. Pero eso a The New York Times le importa un pito.

Como le importa un pito la ola de histeria en las universidades norteamericanas que ha llevado a cerrar ‘fraternities’ y a endurecer políticas de vigilancia después de que la ‘prensa seria’ se hiciera eco de un sensacional reportaje en Rolling Stones sobre una joven violada por seis miembros de una fraternity. Páginas y páginas, horas y horas de televisión dedicadas a esta ‘epidemia’ de violaciones en grupo. No es que el relato fuera demasiado creíble en primer lugar, pero cuadraba magníficamente en la Narrativa. Lástima que al final se demostrase que la joven en cuestión había inventado la historia de arriba abajo para interesar a un compañero de universidad que la había rechazado.

No he buscado con pinzas estos dos ejemplos. De hecho, son solo dos botones de muestra de una montaña de ellos. La prensa convencional no suele ofrecer datos falsos; es solo que los encaja a capón en una Narrativa que está empeñada en vendernos y que guarda un parecido muy difuso, cuando no nulo, con la realidad.

Sirva este largo introito como apología del trasgo, para que el lector entienda que cuando me enfrento a la primera de un periódico sé que las más de las veces no estoy leyendo un reflejo fiel de la realidad relevante jerarquizada con criterios rigurosos y objetivos, sino a un prospecto de venta de una ideología o unos intereses con la actualidad como excusa; que entiendo que si El País abre hoy con el titular ‘Presión sobre Rajoy para que haga cambios en la dirección del PP’ no es meramente porque eso sea lo más relevante que sucedió ayer, sino porque el buque insignia de Prisa tiene un interés directo en mover el asunto. O que para comprender que el diario del régimen titule en primera que ‘España tramitará el certificado de defunción de las víctimas sin el ADN’ hay que recordar la tragedia del Yak y cómo entonces se produjo un escándalo en torno a la gestión del gobierno en relación al ADN de las víctimas.

Publicado el 01.04.2015 en La Gaceta

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