Hay un tipo, cantautor –¡Dios, qué viejo es eso!– catalán, un Albert Pla (i Álvarez), al que le ha dado siempre asco ser español. Sinceramente, no puede importarme menos lo que le dé asco al personal, sobre todo cuando se trata de un individuo cuya existencia ignoraba. Pero el buen hombre ha tenido a bien compartir sus náuseas nacionales con el respetable en La Nueva España (no pasen por alto la ironía), añadiendo su esperanza de que a todos nos pase lo mismo.

Jorge Arzuaga ni siquiera es –era– mínimamente famoso cuando el joven bilbaíno de 25 años se declaró en huelga de hambre en la Puerta del Sol, comprometiéndose a no comer “hasta que el Gobierno dimita”. “La impunidad, la hipocresía y los escándalos de corrupción del Partido Popular” además de las injusticias sociales que sufren gran parte de los españoles como son el paro, los desahucios y los recortes en educación y sanidad. Por lo visto, el Ejecutivo debe dimitir de inmediato por “la impunidad, la hipocresía y los escándalos de corrupción del Partido Popular” además de las injusticias sociales que sufren gran parte de los españoles como son el paro, los desahucios y los recortes en educación y sanidad”.
Debe de ser la Lomce. Los docentes y la izquierda en general sale a la calle para protestar contra una ley que aún no ha entrado en vigor y que difícilmente puede empeorar el régimen educativo que ha creado un Albert Pla o un Jorge Arzuaga.

La de Arzuaga, esa que frisa la veintena, puede o no ser la “mejor preparada de la historia” pero, sin duda, es la más narcisista que ha existido jamás. La idea de que un Gobierno elegido por una mayoría de españoles deba dejar de gobernar por la voluntad de un individuo que no quiere comer es desconcertante; que lo sea por cuestiones que pueden aplicarse sin apenas cambiar una coma al anterior Gobierno socialista roza el esperpento. Se extiende el convencimiento de que patear la calle y gritar cosas da a las propias opiniones un peso que no tiene Pla es más de mi quinta, del 66. Ése es fruto de décadas de jalear todo lo que siempre se consideró corrosivo y ridiculizar lo que toda la vida se ha juzgado evidente. Un país que premia con atención y publicidad a quien dice sentir asco de pertenecer a él es un cadáver civilizacional. Pla no diría estas cosas si no supiera que con ellas viene la fama y el aplauso, si no estuviera ya el campo perfectamente abonado para que los payasos sepan que el público les reirá la gracia (el ceño fruncido y el escándalo de los otros no hace más que añadir un exquisito matiz al placer).

Y a mí me dan ganas de contar que cada día me dan más asco los Pla que pululan como gusanos en el cadáver de la civilización y tengo más tentaciones de hacer huelga de hambre hasta que todos esos niñatos dejen de creerse Gandhis con iPhone luchando contra un fascismo inexistente por unos recortes en sanidad o educación que ni uno entre mil sabría explicar.

Publicado el 18.10.2013 en La Gaceta

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