Cuando Lincoln dijo eso de que no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo no podía imaginar una construcción tan magnífica, una maquinaria tan eficiente como el sistema de enseñanza que, aliado a unos medios de comunicación partidarios, está muy cerca de contradecir a don Abraham.

Hablo de los jóvenes, especialmente los nuestros, aunque el fenómeno es universal en Occidente. Me conmueven. Escribo esto con lágrimas en los ojos, lágrimas de gratitud por una juventud, la nuestra, que no nos merecemos. Y no es que mi generación se haya portado demasiado bien con la que ahora debería empezar su carrera laboral, al contrario: nos hemos gastado alegremente la riqueza de los abuelos –el capital acumulado por generaciones anteriores, diligentes y ahorrativas– y, antes de renunciar a vivir como nunca antes en la historia, llevamos décadas endeudándonos en nombre de hijos, nietos y bisnietos.

Tendrían razones para odiarnos pero, lejos de ello, quieren darnos más.
Que ellos no van a cobrar pensión es cuestión de saber las cuatro reglas de la aritmética, pero se lanzan a la calle, con la ocasional quema de uno o dos contenedores, para que nosotros sigamos cobrándola.

Con la mitad de ellos en paro, cuando tendrían razones sobradas para liquidar el gigantesco tocomocho que hemos montado para vivir de nuestros padres hasta poder hacerlo de nuestros hijos, piden más Estado, es decir, mayores transferencias de riqueza de su bolsillo al nuestro.
Pero no para ahí su generosidad. Está su apoyo a las marchas contra los recortes en Sanidad. Cualquiera con dos dedos de frente y un ábaco advierte que, por su propia naturaleza, la sanidad gratuita no tiene límite: siempre se puede hacer una prueba más, tener un hospital más cerca, probar un medicamento más eficiente (y costoso), sobre todo cuando quien lo consume no es quien lo paga.

Es igualmente de sentido común que, para que el sistema sobreviva, se imponen racionalización, recortes o copago o las tres cosas. Y, sin embargo, ellos, los sanos y jóvenes que, de media, consumen una ínfima parte de la partida sanitaria, quieren asegurarse de que les hagan pagar para que no nos falte de nada a nosotros, los mayores y achacosos, que gastamos más del 80 por ciento. ¿No hay para amarles?

Los baby-boomers habremos hecho mal muchas cosas, sin duda. Hemos soltado por el mundo plagas como la canción protesta, a Georgie Dan, los pantalones de campana… Pero hay algo que hemos hecho maravillosamente: la educación. Convencer a millones de que nuestros intereses son sus intereses, de que deben librar nuestras batallas y asegurarse un futuro de esclavitud a la deuda, contra toda lógica y el más elemental sentido común, es puro genio.

Publicado el 08.11.2013 en La Gaceta

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