El poder, lo he dicho alguna vez, es apolítico, al menos en el sentido de no ideológico, no importa cuán ideologizado parezca estar o lo atiborrado de doctrinas que llegue el gobernante a ocuparlo. El poder es “quién y a quién”, en feliz frase de Lenin, quién hace qué a quién.

La lucha tribal no hace prisioneros, pero el ansia de quedar entre los que deciden y no entre los que tragan hace olvidar a menudo que el sistema es rotatorio, y que las medidas aprobadas con entusiasmo o pasadas sin escándalo porque dan una ventaja temporal sobre el otro se acabarán volviendo contra uno.

Lo explicaré con un ejemplo: cuando, tras el 11-S, Estados Unidos dio al presidente unos poderes ejecutivos extraordinarios y al Gobierno unas competencias sin precedentes para invadir las comunicaciones privadas, los republicanos vitorearon o, en el mejor de los casos, miraron para otra parte: era más poder para uno de los suyos, George W. Bush.

Pero, claro, luego llega un nuevo ciclo electoral, ganan los otros y supresidente tiene ahora todos esos nuevos poderes para aplicarlos contra los otros. Y llegan la sorpresa y los lamentos, demasiado tarde.

Podemos recibió un pago al día durante dos meses del banco de Monedero, exulta en primera La Razón debajo de sendos documentos bancarios. Esta semana El Mundo emprendió una investigación sobre la cuenta corriente del Número Tres de Podemos, y el ministro de Hacienda le pone las peras al cuarto al político novicio después de que éste se pusiera chulo.

Ahora, yo estoy muy por la labor de que le saquen los colores a estos salvapatrias de Al salir de clase que se pasean con sus túnicas cándidas por la clase política acusando a todos de corrupción y queriendo vendernos que ellos son de otra especie sine labe originale concepta. Pero la creciente tendencia del poder a usar la Hacienda pública a modo de Gestapo light y a que nuestros datos personales bailen por todas las redacciones, la verdad, me aterra.

En ese sentido, aplaudo el titular con el que abre El País, aunque desconfío de sus razones: Malestar con Montoro por el uso político de datos fiscales. El diario de la banca sigue desplegando ese singular talento, tan suyo, para hacer que suene aburrido y gris hasta lo más alarmante. Estamos hablando de una agencia estatal, la tributaria, que cada vez se parece más a la Lubyanka, aunque sin sangre. Y los que aplauden llorarán, y los que se quejan, aplaudirán.

Publicado el 11.02.2015 en El Debate

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