Como ya se había hecho habitual en las veladas filosóficas del Conde de Sireaux-Le Courteaux, el momento en el que empezaba la parte más interesante, tajante como si lo anunciaran con campanas, coincidía con la hora en que culminaban en todo París otras reuniones de igual naturaleza.

El vino, aún más que la luz danzarina de las velas, daba a los comensales ya ahítos un aire entre saturnino y solemne, a esa hora en que la ausencia de casi todas las mujeres -Madame de Roiche-Meleau y Mademoiselle Des Paintes figuraban de amazonas y, como tales, varones honorarios- permitía extremar la licencia en las conversaciones y dar a toda la sobremesa, colmada de licores, un delicioso aire de conspiración palaciega.

El Barón Raspierre recitó la estanzas blasfemas de La Pucelle de Diderot, el Marqués de Monstun leyó los pasajes más atrevidos de Morelly… En rápida sucesión se revisaron los panfletos clandestinos más audaces de aquellos días, y de ahí surgieron comentarios encendidos que cerró un discurso conmovedor, en pie y alzando la copa, el joven abogado Champetierre.

Abrió su discurso con las luces que encendiera Voltaire, desterrando para siempre las sombras oleaginosas de la superstición con una sola de sus carcajadas rabelaisianas; siguió, enterneciéndose, con el grande, Rousseau, que desbrozaba para el género humano un futuro de simplicidad armónica . Dichosos, exclamó, quienes aún no peinan canas porque sin duda verán los tiempos anunciados de la Voluntad General hecha ley, y mil veces dichosos quienes nazcan ya en el seno amoroso de aquella revolución que habría de entronizar la Virtud y disipar como humo vicioso las cadenas de la religión, l’ infame.

Un silencio lleno de suspiros y sollozos despidió el idílico paisaje dibujado por Champetierre, y enseguida se interrumpían unos a otros en un guirigay de opiniones sobre los pormenores de la anunciada Edad de Oro y sus tiempos.

Solo uno de los miembros de tan ilustre compañía, el Capitán Bathory, se mantenía silencioso en un rincón, los brazos cruzados y una mirada muy fija y seria en la concurrencia.

Del entusiasmo por la revolución y las Luces del buen Conde de Sireaux-Le Courteaux sería injusto dudar, pero no tanto señalar que el suyo era un entusiasmo más parecido al de un niño que encuentra un nuevo juego que el de un hombre que se entrega a la pasión de su vida.

Había en el Conde, como en tantos de su clase y condición, una sed de novedades, un deseo de relevancia que ya no saciaban sus viejos apellidos, lejos de las tierras que le daban algún sentido y enredado en un Versalles donde les philosophes reinaban soberanos. Sentía un placer inmenso en las proclamas prohibidas, en las utopías clandestinas y los sentimentales discursos de la Volonté Générale.

Pero este mismo espíritu juguetón y ocioso le había llevado a recoger, como en una colección viva, a todo personaje curioso de quien tenía noticia, noble o común, y uno de estos era el Capitán.

Bathory era el hijo pródigo de una vieja familia noble de Hungría puesta al servicio del rey francés, y lo peculiar del capitán era que, avezado en numerosas guerras, era capaz de ver en ocasiones lo que iba a suceder de las personas que le rodeaban. En no pocos caso, vísperas de batallas, fue la muerte, lo que no le hizo precisamente popular.

El Conde le acogió por su fama, pero le retuvo por su humor ácido y su conversación culta e inteligente, por más que alejada de las novedades favoritas de su protector.

El Conde golpeó su copa cuando mayor era la cacofonía de euforias verbales a su alrededor.

– ¡Caballeros, caballeros! Creo que ya todos hemos dado nuestra opinión, y ahora me interesa la del único entre nosotros que ha permanecido en silencio. Todos conocéis al capitán y su fama; quizá él nos revele, después de todo, quién de nosotros verá la era gloriosa. Aunque, conociéndole, es probable que nos anuncie la reacción de los poderes del pasado y el aplastamiento sangriento de la revolución. ¿Es así, Capitán?

Bathory se levantó trabajosamente, con el gesto del adulto cuyo fallo inapelable es requerido por un corro de niños, pero su tono tenía un punto de solemnidad sonora, como de trompeta en la batalla.

– Os equivocáis, excelencia. La revolución llegará, pronto: todos los que están aquí esta noche la verán.

Un murmullo de asombro satisfecho saludó sus palabras. El Capitán levantó la mano, al tiempo que se sentaba, sabiéndose ya dueño de la atención y las miradas.

– Tendréis lo que buscáis: el reino de la Razón y la Voluntad Popular y todo eso. Y sangre, mucha sangre.

– ¿Sangre? – frunció el ceño Raspierre- Será la de los tiranos…

El capitán se alzó de hombros.

– Yo de eso no entiendo. Quizá. Pero entonces deberéis consideraros tirano, Barón: vos seréis el primero en morir. Las masas parisinas -la Voluntad General encarnada, si os place- asaltará vuestro palacio, saldréis para asegurarles que estáis de su lado pero no conseguiréis haceros oír. No temáis: cuando empiecen a despedazar vuestro cuerpo estaréis ya muerto.

Raspierre trató de mantener una sonrisa despectiva, pero estaba mortalmente pálido

– ¡Tonterías! – cortó Monstun. -Todo París sabe que no hay mayores amantes de la Voluntad General que los que estamos en esta sala

– París, mi querido Marqués, no sabe nada de eso. No el París de verdad, el de los panaderos y las taberneras, ese con el que solo entráis en contacto cuando os visten por la mañana. Lo que sabe París es que tenéis 800.000 francos de renta y un palacio exquisito cerca de las Tullerías. Eso le basta. Pero no, a vos no os despedazará el pueblo; vuestra muerte será, por así decir, legal. Y quien instruirá vuestra causa, por una feliz coincidencia, está también entre nosotros. Champetierre…

El abogado enrojeció visiblemente

– Si pensáis que voy a tolerar…- Se paró aquí. No era un hombre valiente, y el capitán le sostuvo la mirada con una sonrisa desafiante.- ¿Significa eso que yo me salvaré?

– Por poco tiempo. Estaréis entre los que firme sentencias de muerte, sí. Pero elegiréis el bando equivocado. Al final, todos lo serán en algún momento. Y lo pagaréis con la cabeza.

Publicado el 26.03.2015 en El Debate

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