Todo el mundo conoce aquello de que un buen economista es el que sabe explicar de forma convincente por qué fallaron sus últimas predicciones. Pero si la Economía es una ciencia inexacta, al tratar de algo tan voluble como el comportamiento humano, el periodismo ni siquiera tiene la pretensión de ser ciencia, con lo que sus profecías tienden a tener un valor asimilable al de una bruja de Teletienda.

Eso no les impide, como veíamos ayer, abrir las tripas del pájaro y continuar examinando sus entrañas en su solemne rito de arúspices cuando la batalla ya ha terminado.

Hoy los opinadores se dedican mayormente a eso en sus columnas, a destripar las andaluzas, iniciando un ciclo de apuestas combinatorias que, con tanta cita electoral por delante, se nos va a hacer eterno pero también dará, estoy seguro, muchas ocasiones a la hilaridad.

Pero a diferencia de los pronósticos, que dan mucho espacio a los sueños, la esperanzas y los temores y a desternillantes errores, en los análisis todos jugamos con los mismos números. Las tripas del bicho son las que son, y describirlas en oráculos sucesivos se haría insoportablemente pesado si no fuera porque el periodista es primo hermano del político y se le ve la camiseta con el logo por debajo de la camisa. Los datos son los mismos, sí, pero cada uno ve más grande el que más le interesa y le adjudica la importancia que tiene para ‘los suyos’. Y es un alivio.

Me sorprendo coincidiendo ampliamente con el ex director de mi llorado Público, Javier Maraña, a quien en su día le di más que a una estera. Escribe en InfoLibre una columna, ’22-M: nueve apuntes urgentes y una primera conclusión’, que emplea el socorrido esquema de la lista, del que se abusa extraordinariamente hoy pero que en ocasiones como la que nos ocupa, con tantas derivadas, es muy de agradecer. La tesis de Maraña es que lo importante de las Andaluzas es que demuestran que estamos ante un mapa político sustancialmente distinto al usual, de debilitamiento, sino agonía, del bipartidismo, y que eso es bueno.

“Se confirma un cambio de ciclo, y con él la necesidad de hacer política, de demostrar talla y capacidad de diálogo”, concluye Maraña. “Lo cual, contra lo que pretenden agoreros bien amarrados a viejos aparatos políticos o a poderes económicos o mediáticos, no tiene por qué identificarse con inseguridad o debilidad democrática. La imperiosa necesidad de convencer a otros puede fortalecer la democracia mucho más que la acostumbrada prepotencia de las mayorías absolutas o de una alternancia bipartidista supuestamente intocable”.

Antonio Casado llega en El Confidencial (‘Aparecen los primeros síntomas del cambio’) a la misma conclusión que Maraña en cuanto a que “(el bipartidismo) no muere en Andalucía pero aquí muestra los primeros síntomas de su declive”. Pero, en contraste con el ex director de Público, advierte contra la extrapolación de resultados a escala nacional y recela del cambio: “No parece que el batacazo sin paliativos del PP (pierde medio millón de votos y 17 escaños) y la victoria relativa del PSOE puedan extrapolarse sin más a unas elecciones generales hasta el punto de poner el escenario nacional patas arriba”.

Sorprende Pedro G. Cuartango con una opinión disidente en El Mundo (‘Lo viejo vence a lo nuevo’), al asegurar que “todo sigue igual o casi igual”, recordando que “nuestro país es probablemente el que menos ha cambiado en Europa electoralmente en las últimas tres décadas en las que se han alternado en el poder solamente dos partidos. A pesar del desastroso legado de Zapatero y de las promesas incumplidas por Rajoy, PSOE y PP siguen resistiendo”.

Isaac Rosa se apunta a esta tesis en su columna de Zona Crítica, de eldiario.es, ‘La mala salud de hierro del bipartidismo’. Sostiene Rosa la tesis con que iniciamos este texto, es decir, que el análisis de estos resultados va a depender de “las gafas que uses para leerlos”.

“Ayer aventuré que la frase más repetida en los próximos días será esa de “no se pueden extrapolar los resultados de Andalucía”. Y es cierto que aquella comunidad tiene particularidades como para relativizar éxitos y fracasos. Pero es también el mayor distrito electoral del país, y cualquier aspiración de cambio estatal pasa necesariamente por ganar allí”, sostiene Rosa, que concluye: “No se podrán extrapolar, pero todos convenimos ver las andaluzas como el primer asalto del año electoral. Una vez disputado, el bipartidismo sigue en pie, y en el caso del PSOE, coge oxígeno para el siguiente asalto”.

Es la pasión, es el corazón, son las vísceras, dice Rosa María Artalen el mismo medio (‘Votantes con alma de bolero’), lo que explica la continuidad de lo viejo en los resultados andaluces, haciendo de la letra de un popular bolero la interpretación de las urnas: “No debía de quererte y sin embargo te quiero. Querer como te quiero no tiene nombre, ni tiene precio”.

Citar a Enric Sopena, ya sabrán perdonarme, me da cierto apuro. Sus columnas el singularísimo El Plural son exabruptos de sus fobias, de modo que para la de hoy (‘Susana, entre el ‘tiempo nuevo’ y el cambio’) nos quedaremos con la entradilla y pasaremos piadosamente de largo ante el resto de la encendida diatriba: “Podemos hacia abajo y Ciudadanos también, aunque en la Sexta apoyen ahora al tal Albert, fruto del PP, de Aznar y de FAES”. Ole.

Que José Antonio Zarzalejos haya elegido en su columna de El Confidencial (‘ ‘Rajoy, ante el precipicio tras las andaluzas: un ‘blitz’ político para el Partido Popular’) centrarse en el Partido Popular no nos extraña demasiado. Es, por lo demás, uno de los partidos más afectado por los resultados, sino el primero. Para Zarzalejos, de las urnas andaluzas ha salido una seria advertencia para el partido en el gobierno español, si no su sentencia de muerte, y los populares deberán tomar medidas drásticas para evitar la debacle definitiva. “En muy poco tiempo, el PP debe resolver la siguiente cuestión: cómo llegar a las generales del mes de noviembre –si son en noviembre- sin que Rajoy tenga que dimitir antes”, sostiene Zarzalejos, tras deplorar las “infantiles críticas” del PP a Ciudadanos. Y concluye: “Hay veces que las decisiones drásticas en política o las tomas o te las toman. Ayer, el diario La Razón explicaba a doble página cómo Rajoy no dimitiría en ningún caso y sería a toda costa el candidato popular. Excusatio non petita, accusatio manifesta”.

También es el PP -y tampoco es sorprendente- el centro de atención de Federico Quevedo, que en su columna de El Confidencial (‘Podemos no puede, pero Rajoy debe reaccionar’) encuentra un culpable a quien emplumar: Pedro Arriola, “el sociólogo popular de cabecera”, a decir de Quevedo. La conclusión no ofrece muchas dudas para Quevedo: “Rajoy debería empezar por rodearse de gente que le diga lo que de verdad pasa en la calle, y dejar de escuchar a un asesor al que su partido abona una pasta por unos consejos que cada vez son más perjudiciales para los intereses electorales de Génova 13”.

Publicado el 24.03.2015 en La Gaceta

Anuncios