Pedía Chesterton que acogiéramos la tristeza como una fiesta del alma, siempre que la alegría fuera nuestro tiempo ordinario, y nada tengo que decir de ella como recurso estético mientras no se la medicalice con el nombre de depresión. Tampoco estoy por la labor de contradecir a la larga cohorte de poetas ni pretendo algo tan vulgar como desafiar las convenciones a estas alturas, pero no logro ver melancólico el otoño madrileño.

Debe de faltarme una enzima lírica o algo, y después de leer la magnífica columna de Méndez-MonasterioUn minuto de tristeza, he abandonado de golpe la mesa y la redacción para un estudio de campo.

El cielo era de ese blanco que, más que un color, parece la indefinición previa del pintor, como si no se hubiera inventado aún un tono para el cielo y en cualquier momento pudiera ser púrpura o dorado. Nada puede haber menos melancólico que ese cielo por estrenar, de un día antes de la Creación.

El invierno es demasiado minimalista para mi gusto barroco y el verano, decididamente plebeyo, de materia más pegajosa que la pez. La primavera, pese a su excelente imagen de marca, se me antoja confusa y prematura. Entre la flor y el fruto, no dudo.

El otoño es la estación. Madrid debió de hacerse en otoño, o pensando en él. Todo es comienzo, y en eso me parecen sabios los judíos, que empiezan el año a mediados de septiembre.

Es cierto que empieza, también, el curso político, y a don Kiko, que le duele España casi tanto como el cierre del Lady Pepa, se le abre la úlcera sangrante de Mas a Estrasburgo.

Ni siquiera sé como ha podido callejear un minuto y al siguiente encerrarse a escribir de Obama o Adelson, que uno lo imagina más con unas bermudas en Marbella que con una gabardina por la calle de la Luna.

Es esta esperanza de comienzo en blanco, de cuaderno Rubio a estrenar, lo que nos arrastra a la fatal tentación del olvido. Ayer se llenó la madrileña plaza de Colón hasta la bandera –nunca mejor dicho– de gente que se rebelaba contra el olvido. Mucha gente y, sin embargo, era muy poca, muy sola, muy de un lado, que estaba llena la plaza de la bandera de todos que, para ser originales, en este país parece ser solo de unos cuantos.

Es compresible querer olvidar tanta sangre, tanto miedo, tanta angustia. También es injusto y mortalmente peligroso. Al desamparar a las víctimas y calificar de ‘fachas’ a quienes protestan ante el olvido, la izquierda está traicionando, no a España –eso es en ella rutina–, sino su primera vocación, su timbre de orgullo: ponerse del lado del débil. Cualquier gesto de hastío o indiferencia en esto es un mensaje: compensa llevar una pistola al debate público y trae cuenta negociar con Goma-2. Y el odio hará para siempre oscuros los colores del otoño madrileño.

Publicado 28.10.2013 en La Gaceta

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