“El periodista nunca debe ser la noticia” es uno de esos mantras que a los periodistas nos encanta repetir y del que no hacemos el menor caso. El periodista es la noticia que más nos gusta, con diferencia.

Todas las profesiones del mundo son agotadoras cuando se ponen a celebrar lo suyo y se dan colectivas palmaditas en la espalda, pero, afortunadamente, la capacidad de cerrajeros o médicos de imponernos lo mucho que se gustan es limitada.

No así los periodistas. Cuando los periodistas celebramos lo guapos, listos, altos y rubios que somos, no hay escapatoria posible. Ha estado en Madrid Jill Abramson, ex directora -fulminantemente despedida- de la biblia mundial de los políticamente correcto, The New York Times, y su intervención en el Auditorio Rafael del Pino ha desatado en redes sociales un frenético concurso de clichés a cual más grimoso con el hashtag #celebratingjournalism. Nos hemos puesto tantas medallas en estos días que andamos encorvados como generales norcoreanos.

Lo que uno lee y lo que uno ha vivido en unas cuantas décadas de profesión casan mal, y tanta autocelebración teñida de nostalgia de lo que nunca ha sido puede llevar a que seamos más los que podamos unirnos al hashtag #celebratingINEM.

Leo en la primera de El Mundo que Jill Abramson ha dicho que “si solo lees digitales echas de menos el papel” y me pregunto en qué mundo vive mi sobreinformada maestra.

Yo, creo haberlo dicho alguna vez, adoro el papel y, como cualquiera en mi situación, colgaría del palo mayor al tipo que empezó a trastear con 0s y 1s y me dejó sin mi ansiada y bien pagada corresponsalía en Kuala Lumpur. Eso lo echo de menos.

Como echo de menos pertenecer a la casta -¿he dicho casta?- de los guardianes de la información, de los caballeros de la prensa, de los que están en el ajo y deciden qué puede y qué no puede conocer Juan Nadie.

Pero, ay, mi querida Jill, no se puede echar de menos lo que nunca se ha tenido, y quienes “echamos de menos el papel” nos hemos criado leyéndolos. La nueva generación, no, cada vez menos. Imagino que serían legión los que en su día, cuando empezó a popularizarse el infernal invento de George Stephenson, echaban de menos el vaivén de las diligencias y el viento en la cara. Oh, bueno, sí, qué asco de carbonilla.

Yo me temo mucho que el periodismo no fue nunca exactamente lo que soñamos, que al fin los dueños de los medios rara vez son periodistas y hemos vendido muchísimo humo y nos hemos enamorado de muchas historias por las que, ay, el lector -la masa, los que pueden sostener el disparatado coste de un diario- no está dispuesto a pagar; que competíamos con el rival en exclusivas, primicias y reportajes que el grueso de nuestro público pasaba deprisa para llegar a las páginas de Deportes o a la cartelera.

Leo a Abramson: “Lo único que tiene un medio es su credibilidad. Cuesta mucho crearla y es fácil destruirla”. Y no, no puedo estar de acuerdo. La cabecera que dirigió -para terror de sus redactores jefes, según testimonios confidenciales- es prueba en contrario. Lo que han tenido los grandes medios como en NYT ha sido una enorme influencia para imprimir en sus lectores una narrativa, sin que mil desmentidos hayan hecho mella apreciable en su credibilidad, porque quien sigue determinado medio vive en determinado mundo en el que todo lo que sucede confirma sus prejuicios.

Y lo dejo por hoy, sin repaso a portadas ni nada, que estoy viendo que a este paso volverán a contratarme cuando las ranas críen pelo.

Publicado el 13.02.2015 en El Debate

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