Como no es totalmente imposible que un partido más o menos liberal imponga sus tesis, que triunfe una forma actualizada de fascismo o -en una ucronía demencialmente improbable- que volvamos al sentido común en materia de gobierno.

Lo único que constituye una imposibilidad metafísica es que llegue al poder el conservadurismo. Porque el conservador no defiende nada concreto, sino un ritmo. Por supuesto, cualquier lector podría replicarme con las propuestas concretas de un conservador concreto como refutación incontestable de mi aserto, pero tardaría cero coma en mostrarle que ese ideario de hoy está plagado, calcado, del progresismo de ayer. No hay moderno conservador que dé por bueno el ideario de sus antecesores; más: que no abjure de él con horror. Una tabla cronológica de la evolución conservadora en el último siglo y pico mostraría el deprimente cuadro de unos tipos oponiéndose furiosamente a propuestas de la izquierda que, poco tiempo después, aceptan como inapelables. Debe de haber pocas cosas tan tristes como ser conservador, sabiendo que lo único que te separa de aceptar aquello a lo que te opones es el tiempo.

Por eso la izquierda necesita a los conservadores. Son su contratuerca, quienes afianzan y normalizan sus ideas más demenciales y más contrarias a lo que la humanidad ha considerado de cajón durante milenios. Son su coartada, quienes pasan a limpio sus esquemas y les dan respetabilidad. Son, en fin, sus perpetuos socios de gobierno.

Hablaba el otro día de Iñaki Gabilondo, de cómo pueden cambiar sus chaquetas y acentuarse las bolsas de sus ojos sin que cambien un ápice sus obsesiones, sus lealtades y, sobre todo, sus ingenuidades políticas. Habla de cosas de hoy en sus prédicas, cita nombres del periódico de esta mañana y procesos de ahora mismo, pero en realidad sigue anclado en la Santa Transición y verlo interpretar la actualidad con esquemas añosos es escuchar al Fantasma de las Navidades Pasadas.

Otro tanto me sucede con esa figura del periodismo patrio, Luis María Anson, en quien veo figura del Museo de Cera, no en lo inevitablemente físico, sino en los planteamientos, que son los que convirtieron a la derecha española en el eterno perdedor, que no es el que nunca gana, sino el que hasta cuando gana, pierde.

Escribe Anson en El Imparcial (‘La suspensión de la Copa del Rey’), a propósito de la propuesta de suspender el evento deportivo ante una masiva pitada a la Marcha Real: “Discrepo punto por punto de semejante idea, viable en Francia contra el abucheo de los inmigrantes, y disparatada en España en un estadio que albergará a decenas de miles de aficionados vascos, a decenas de miles de aficionados catalanes. ¿Quién garantiza que las masas incontroladas no se lancen a las calles y desahoguen su indignación destrozando todo lo que encuentren a su paso y, bien agitadas por los activistas de turno, no causen violencias sin número, heridos y hasta algún muerto?”.

Ahí tienen ustedes, en unas pocas pinceladas, el retrato del conservadurismo español de la transición, un muestrario de los polvos que nos han traído estos lodos.

Ahora, a mí me parece perfectamente argumentable la postura de quienes piden la suspensión de la Copa, que al fin se trata de un juego y de un premio que lleva el nombre del monarca abucheado. No es castigo judicial y ni censura, sino decisión discrecional perfectamente legítima. Como me parece absolutamente defendible la postura contraria, que ni al himno, ni a la bandera, ni al rey ni a España se puede obligar a amar y que la libertad de expresión es un principio básico de la democracia.

Pero el veterano maestro de periodistas expone como primer argumento lo que ha sido el impulso básico del conservador español desde el 78: el miedo. “Más vale no provocarlos”. Un miedo teñido de dudas sobre la legitimidad de las propias ideas, añadiría.

Pero nada provoca tanto al contrario como el miedo. Es casi el principio de la acción de gobierno, que quien cede, quien no reacciona, quien parece no creer en sus propios principios, excita al contrario a llegar más lejos. El envalentonamiento de los islamistas europeos, por ejemplo, no procede de que sean mayoría o sean especialmente capaces, sino de que frente a ellos solo encuentran cesión.

Otra firma que nos habla de una España que no existe con nombres y situaciones de ahora es Maruja Torres, la ex columnista de El País que, refugiada en la Zona Crítica de eldiario.es, tiene por tinta su propia bilis. El comienzo de su última columna, ‘Malos conocidos, buenos por conocer’, es el de una mente embalsamada en vinagre: “Cree el PP, en su calidad de ungido por el nacional catolicismo, por la cadena darwiniana del expolio (consagra la supervivencia del más despiadado), y por el aplauso del conservadurismo que gobierna la mayor parte de Europa, que la estafa, el fraude y el engaño, cuando los perpetra uno de sus miembros, o una manada, no sólo no son delito, sino que ni siquiera son pecado”.

¿Puede alguien en serio hablar del ‘nacional catolicismo’ del PP, partido abortista, partidario del matrimonio gay y de toda reivindicación de la modernidad social que le pongan por delante? ¿Puede decir alguien sin que se le mueva un músculo de la cara que “la estafa, el fraude y el engaño” son un rasgo privativo de alguna corriente política? ¿Puede haber algo más irracionalmente ingenuo, una mayor ceguera voluntaria que este comulgar con la sandez de Alberto Garzón y pretenden que la izquierda “no puede delinquir”, cuando estamos hartos de verlo?

Desde ahí es un consuelo pasar a un columnista de nueva hornada. Tienen, a veces, ese prurito wildeano de retorcer la realidad o banalizarla para que la frase quede efectista y el planteamiento, brillante. Pero su inocente cinismo de quien ve la política a medio camino entre la Liga y Juego de Tronos es refrescante después de tanto esencialismo pomposo.

David Gistau, por ejemplo, me da en el gusto en su columna de ABC ‘El voto rehén’. “Siutatans no es un partido emocionante, y esto casi constituye un elogio”, y solo puedo reprocharle ese “casi”. España está ahíta de emociones políticas, de partidos que presentan las medidas más pedestres y repetitivas sobre un fondo de ilustración de cuento infantil llena de globos, arcoíris y ciudadanos tan unánimemente sonrientes que parece que les hubiera dado un aire.

Gistau trata de explicar en su columna cómo el PP gasta tales maneras de matón de puerto con un partido, el de Albert Rivera, que comparte muchos de sus presupuestos políticos, mientras al que debería ser su bestia negra, Podemos, apenas le dedica un despectivo alzamiento de cejas. “Está integrado en el mismo régimen del 78 que Podemos amenaza con volar”, sigue Gistau. “De hecho, sus dirigentes no aspiran a romper con nada, ni a redimir, ni a constituir, tan sólo a desalojar al nacionalismo de un espacio tradicional de nuestro parlamento para pasar a encarnar ellos un personaje antiguo” (…) Siutatans sobrevuela el cotarro propio del PP, mientras que la de Podemos fue evolucionando a riña por la hegemonía socialdemócrata, a menos en el análisis popular, que obvió cuanto Podemos tiene de refutación general del sistema”.

Y esa es la razón de la furiosa enemiga del PP contra Ciutadans, que, como concluye Gistau, “ahora existe otra alternativa. Y ni es destructiva ni da miedo. Al PP se le puede escapar ahí el voto que quería tomar como rehén”.

Publicado el 19.03.2015 en la Gaceta

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