“Defenderemos un marco legal regulado para el ejercicio de la prostitución voluntaria que permitirá una mayor protección y seguridad de las personas que se dediquen a dicha actividad, velando por la voluntariedad de su ejercicio y por el control de las condiciones de salubridad e higiene en su práctica”.

Con su propuesta de legalizar la prostitución y ‘abrir el debate’ sobre la despenalización del cannabis, Albert Rivera, presidente de Ciudadanos, ha logrado bastante más de lo que quería -atraer la atención sobre su partido y recoger el manto del liberalismo despreciado en su día por Mariano Rajoy-, a saber: poner el dedo en la llaga de una situación legal incoherente y manifiestamente mejorable con respecto a ambas cuestiones,  provocar un verdadero estallido de demagogia entre los partidos rivales, poner de manifiesto que la izquierda es el nuevo puritanismo y dejar claro que los liberales viven en los mundos de Yupi.

Prostituirse no está penado en España. Consumir cannabis, tampoco. Entonces, ¿qué pretende decir Rivera cuando habla de legalizar? El sueño de todo político: regular.

Prostituirse -realizar libremente un adulto actividades sexuales a cambio de dinero- es perfectamente legal en España. Pero que un tercero se lucre de esas actividades -el proxenetismo-sí es delito. Que deje de serlo y regular ese sector, aseguran en Ciudadanos, podría aportar a las arcas públicas 6.000 millones de euros. Un argumento jugoso y tentador en países con Estados del Bienestar inflados y déficits fiscales astronómicos, pero que valdrían igualmente para la venta de órganos o la eutanasia involuntaria.

Con las llamadas ‘drogas blandas’ pasa tres cuartos de lo mismo. Consumirlas no es delito; traficar con ellas, sí. Eso ha propiciado el desarrollo de regulaciones bastantes bizantinas para que la policía pueda decidir, si en un registro da con cannabis, si la cantidad permite presuponer que el sujeto la posee con intención de traficar con ella. Todo, hay que decirlo, bastante arbitrario.

Ambas actividades comparten muchos rasgos comunes que las convierten en banderín de enganche para los partidos liberales, además de su incoherente tratamiento legal: el amplio fracaso en su represión, las redes mafiosas que genera éste y el hecho de ser -en principio y cuando todos los participantes lo son libremente- lo que se conoce como ‘delito sin víctima’.

En cuanto a lo primero, desafío al lector a que encuentre una actividad presuntamente delictiva a la que sea más fácil y seguro recurrir en cualquier lugar y en cualquier momento. Cualquiera que desee una ‘china’ o una prostituta puede conseguirlas en pocas horas, sino minutos, con absoluta seguridad.  En ese sentido, la guerra contra la prostitución y la droga es un costoso fracaso sin paliativos.

Hay argumentos racionales para oponerse a la propuesta de Rivera -la que hace y la que vendría irremediablemente después-, pero lo interesante es que sus rivales políticos no han adelantado ninguno, quizá porque los habituales exigen caer en una actividad absolutamente prohibida en democracia: establecer un juicio moral.

Por ejemplo, Cristina Cifuentes, candidata del Partido Popular a la presidencia de la Comunidad de Madrid, atacó la propuesta en una entrevista televisiva alegando que “la gran mayoría de las mujeres que ejercen la prostitución lo hace de una manera obligatoria”, un dato bastante discutible que podría usarse perfectamente para apoyar la medida de Ciudadanos. De hecho, es un dato que el propio Rivera ha usado en el Parlament de Cataluña. Y añade Cifuentes que legalizar la prostitución sería “legalizar que la mujer tenga un rol sexual”. Cómo pretende la candidata popular que la mujer no tenga “un rol sexual” es algo que no explica; o cómo, si la mujer no tuviera “un rol sexual”, tendría sentido la palabra “mujeres”.

Como viene siendo habitual, Esperanza Aguirre, candidata del mismo partido a la alcaldía de Madrid, no ha dejado escapar la polémica para subrayar su papel de eterna ‘infante terrible’ de la derecha española y se ha apresurado a alinearse en esto con Rivera, defendiendo que “quien desee cobrar por el sexo lo haga libremente”, ignorando, al parecer, que así es ya la cosa actualmente.

Desde el PSOE ha sido su portavoz parlamentaria en Igualdad (sí, ese cargo existe), Carmen Montón, la encargada de hacer juegos malabares y emplear frases cargadas de emoción y vacías de argumento para oponerse a la propuesta de Ciudadanos sin que se le pueda acusar de moralista. “Nos preguntamos -declara Montón- si esta es la fórmula que propone para salir de la crisis y acabar con el desempleo de las mujeres: que se legalice la compraventa de sus cuerpos”.

La declaración es tal prodigio de demagogia sin pies ni cabeza que no hay por dónde cogerla. En primer lugar, ni Rivera ni nadie en su juicio ha pretendido que legalizar la prostitución sea una “medida anticrisis” o contra el paro, y atacarla en ese sentido es tan estúpido como criticar la ley socialista contra la violencia doméstica porque no contribuye a dinamizar otra economía que la de los juristas.

También es innecesariamente melodramática la expresión “compraventa de sus cuerpos”, en una asociación de ideas no demasiado sutil con la esclavitud, ya que la prostituta no ‘vende’ su cuerpo más que el empleado de una empresa de mudanzas. En todo caso, lo alquila, que es lo que hace casi todo el mundo para comer, alquilar cuerpo o cerebro.

Una vez empezado el hilo de la absoluta incoherencia, Montón sigue y se despeña alegremente: “En el PSOE estamos preocupados por ofrecer salidas a la crisis a través de trabajos no precarios y sueldos dignos, para que ninguna mujer se vea en la obligación de prostituirse. Lo que le decimos a esta derecha es que no cuente con nosotros, ni el PP ni Ciudadanos, para mercadear ni con los derechos de las mujeres ni con sus cuerpos, ni con el aborto ni con la prostitución. Esta derecha no se ha enterado de que las mujeres somos ciudadanas de pleno derecho”.

Toda la panoplia de tópicos sobre el particular desplegados en una breve declaración toda una hazaña. Empezando por la evidente falsedad que todos nos sentimos obligados a repetir, a saber, que toda mujer que se prostituye lo hace “obligada” por las circunstancias más desesperadas y no, digamos, porque pueda considerarlo un actividad bastante más lucrativa y no necesariamente más desagradable que limpiar escaleras o servir copas.

Habla luego de mercadear con los cuerpos de las mujeres, para en seguida colar el aborto, que no viene a cuento y que es, desde luego, una actividad enormemente lucrativa a costa de las mujeres.

Lo que traiciona esta declaración en concreto y la postura de la izquierda en general con respecto a la prostitución es que, aunque llevan décadas aplicándose con éxito y entusiasmo a banalizar el sexo y explicando que se trata de una actividad sin ninguna transcendencia especial, saben, como cualquiera, que no es así, pero se han prohibido los argumentos que podrían expresarlo.

Cale o no su propuesta a corto plazo, Rivera está en esto en lo que Obama gusta en llamar “el lado correcto de la Historia”. Hay en el panorama político de Occidente una tendencia al parecer imparable por el que una nueva licencia que contradice milenios de cultura empieza siendo impensable, se convierte luego en sujeto de debate, pasa a legalizarse y acaba convirtiéndose en parte del dogma obligatorio que hasta los partidos conservadores acatan gustosos.

Es lo que pasó con el aborto o el matrimonio homosexual, es lo que está sucediendo con el cannabis -cada vez son más los estados norteamericanos que aprueban su venta controlada- y sucederá inevitablemente con la prostitución. Porque en esta carrera, hasta el momento, nunca se ha dado un paso atrás.

Publicado el 17.04.2015 en La Gaceta

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