Paco tiene un bloqueo de escritor.

Es normal, a cualquiera le pasa. Pero en Paco es especialmente preocupante, porque se trata de su primera novela, el editor espera para mañana a primera hora los primeros folios, la oportunidad es única y, sobre todo, no tiene otra cosa. Es aprovechar esta ocasión o hundirse como una piedra.

Toda la vida diciéndole a sus padres, a sus novias sucesivas, a sus amigos, que lo que quiere es escribir y lo que necesita es una oportunidad y ahora, cuando un editor de peso le escucha, acepta su idea y está dispuesto a publicarle, falla. Horas muertas delante de la pantalla en blanco, sin que se le ocurra la frase más trivial. Y ha dejado de recibir encargos de la revista y la cuenta está a cero y el casero está perdiendo la paciencia y sus padres… Sus padres perdieron la paciencia hace año. De su madre puede sacar un tupper con lentejas y, todo lo más, una colada ocasional.

Pánico.

Y, cuanto más pánico, menos ideas ante la pantalla parpadeante del viejo PC.

Lo ha probado todo, todos los trucos que ha leído por ahí para luchar contra el bloqueo. Nada. Concluye que es un fraude -malo para la literatura, para la autocompasión es un virtuoso-, un farsante que ha utilizado su supuesta vocación literaria como excusa para no enfrentarse al hecho horrible de que es un mediocre y un vago.

Mañana. Si el editor no tiene noticias suyas -no, no noticias: un texto, algo de lo que partir- mañana, se habrá acabado todo. Y al otro lado de la ventana, Lavapiés empieza lentamente a oscurecerse.

Oh, bueno, pues que se acabe.

Paco siente que necesita salir de su estudio, pasear, tomarse una cerveza. Quizá tomar una decisión.

No es ya muy joven, pero tampoco tan mayor como para no poder reconducir su vida. Dicen que los 30 son los nuevos 20. Chorradas, quizá, pero tenía que agarrarse a algo. Venga, va, no sale. Trabajará de lo que sea y no volverá a tirarse el rollo de literato frustrado, palabra. El solo recuerdo de sus quejas le hace arder la cara de vergüenza. Cómo ha podido ser tan fatuo, tan fantasma. Bueno, no se va a quedar delante de la pantalla en casa, pero tampoco se atrevía a quedarse solo con sus deprimentes pensamientos.

Sale, solo con su tableta. La compró en un decomiso, a saber quién habría sido el dueño. Quizá, por qué no, un imbécil como él que creía poder escribir la novela de su generación.

Baja al bar de Manolo, a dos portales del suyo.

Lavapiés está lleno de bares con ciertas pretensiones, con solera, étnicos, de moda. Pero, cuando se siente realmente mal, Paco siempre elige el bar de Manolo. No es pereza, o no solo. El de Manolo es como los bares que recuerda de su niñez, cuando iba a comprarle tabaco a su padre. De toda la vida, con parroquianos de siempre, pequeño, no excesivamente limpio y con un olímpico desprecio por el diseño. Un bar muy bar.

Esta noche no está ni muy lleno ni completamente vacío, no sé, media docena de parroquianos. Se sienta y pide una caña mientras enciende la tableta. Consulta Twitter, pero se aburre en seguida. No está de humor para sus triviales duelos dialécticos. Piensa en leer algo de actualidad, pero se da cuenta de que lo pase en el mundo, en este momento, le importa un comino.

Abre, al fin, una hoja de texto. Limpia, luminosa, desafiante. ¿Por qué no? ¿Qué puede perder?

Como en casa, no se le ocurre nada.

El editor solo quiere un libro juvenil, de fantasía y aventuras, algo fácil, no Proust. Pero ni eso, nada.

Juguetea con las teclas. Piensa otra vez en Lucía y empieza a escribir su nombre, L… El texto predictivo del programa sugiere ‘La’. Bueno, pues ‘La’. Puede ser divertido. ¿Qué vendrá después? Lucía se llama Lucía Pérez. Ya: no es muy glamuroso, pero es lo que hay. Así que ‘p…’. El programa sugiere: ‘puerta’. ¿¿Puerta?? ¿¿Pones una ‘p’ y completa ‘puerta’?? ¿Quién hace estos programas?

Pero decide seguirle el juego a la tableta. Venga, ‘La puerta’. Otra letra… Da con la D. El programa le propone ‘de’. Bueno, tiene sentido; la preposición es muy usada en los mensajes. Se acepta ‘de’. Además, pega con lo anterior: ‘La puerta de’. Quizá no vaya a entregar el texto esperado, pero acaba de encontrar una forma divertida de construir un ‘cadáver exquisito’.

Deja flotar su mano sobre el teclado buscando la letra siguiente cuando se fija que en el espacio en el que aparece por lo común el texto predictivo le espera ya una palabra: ‘la’. ¿Ha dado a la L sin darse cuenta? ¿O no hace falta? Nunca se ha fijado, la verdad. Y, al fin, no tiene una alternativa a lo que aquel aparato tenga que sugerirle. Adelante con ‘la’: “La puerta de la…”.

¿Cómo? ¿’Taberna’? ¿Le está sugiriendo ‘taberna’? Otra vez: ¿ha llegado a darle a la T? Todavía no se aclara con la tecnología táctil, pero, aun así, ‘taberna’ no es una palabra muy común. Hubiera sido más lógico, no sé, ‘te’.

Entonces recuerda algo; recuerda que, en su móvil, el texto predictivo parece almacenar sus escritos y sugerirle palabras en función de las que ya ha usado con más frecuencia. Y esta tableta ha tenido un dueño y, aunque supuestamente se han borrado todos los archivos personales, quizá esto no.

Pero, ¿qué clase de persona haría de ‘taberna’ la palabra más escrita con la T? ¿Un alcohólico?

Bueno, se dice, veamos: “La puerta de la taberna”.  No es una frase, pero tiene sentido.

Empieza a ponerse de buen humor.

– ¡Manolo, otra caña! Y traeme unas patatas fritas o algo.

A los pocos minutos de este juego ya tiene: “La puerta de la taberna se abrió y entró como una ráfaga la voz queda del Mar de Taga”.

La última palabra debe de ser un error. Google le informa de que el Taga es un monte del Ripollés, lo que no cuadra mucho con ‘Mar de Taga’. ¿De dónde habría salido ESO? Bueno, si lo suyo va a ser una historia de fantasía, tendrá que tener nombres inventados, y ‘Mar de Taga’ no suena mal. Pone un punto y aparte y sigue.

Son cerca de las 12 cuando para para leer de un tirón el resultado de aquel extraño ensayo aleatorio. Ha habido sus momentos difíciles, sobre todo cuando, intuyendo la historia, ha querido continuarla por su cuenta. Pero, de algún modo, sus aportaciones son peores, más áridas, más tristes. La historia que la tableta le sugiere palabra a palabra, en cambio, está intrigándole.

Sí, por absurdo que suene, quiere ver cómo sigue. Intenta repetirse una y otra vez que no hay historia, que aquello es un programa pensado, sobre todo, para escribir más deprisa y evitar errores ortográficos y erratas. Todo eso, sin duda, es cierto. Pero se suelta, deja hacer al programa, juega, confía en lo imposible. Y hacia las 12 tiene brillando en la pantalla una escena de ritmo perfecto, intrigante, imaginativa, que le convierte, de escritor, en apasionado lector.

Relee, maravillado. Graba. Cierra el texto, abre el correo, busca la dirección del editor y escribe…

Publicado el 24.03.2015 en El Debate

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