El óvulo es caro y el esperma, barato. En esa sencilla frase se condensa la clave del misterio de la relación entre los sexos. La mujer es el sexo necesario; el hombre, el sexo prescindible en el imperativo de la supervivencia de cualquier pueblo.

A lo largo de la historia, las culturas han ideado leyes e instituciones en torno a ese sencillo dato, con peor o mejor resultado. Cualquier ideología que trate de ignorarlo resultará destructiva si se impone y, en cualquier caso, estará construyendo ficciones imposibles. De dar la respuesta correcta ha dependido en buena medida el éxito de muchas civilizaciones. Como la nuestra.

Nuestra civilización se ha basado en la monogamia -reforzada a partir del siglo III de nuestra era con la aceptación del cristianismo-, un sistema de distribución sexual que atribuía a cada individuo de un sexo la exclusiva reproductiva sobre un individuo del sexo contrario de forma permanente. Este modelo venía a representar la democratización del sexo y la familia al garantizar a cada persona, por baja que estuviera en la escala social, económica o escasas que fueran sus capacidades, una alta probabilidad de aparearse regularmente. Unido a una fuerte sanción al adulterio femenino, daba al varón seguridad sobre su propia prole, y con ello un fuerte incentivo para producir en exceso y acumular capital y así pasarlo a sus hijos.

Si a estas alturas el lector se pregunta por qué estoy explicando lo que todo el mundo conoce como si fuese algo excepcional, la razón es que lo es, y en una doble dirección: no siempre ha sido así, lejos de ellos, y estamos cerca de que deje de ser así.

Houellebecq y el sexo

A lo largo de la historia de la humanidad, la abrumadora mayoría de las mujeres ha logrado reproducirse, mientras que solo uno de cada tres varones ha logrado transmitir su material genético. En el Neolítico, entre 4.000 y 8.000 años después de la invención de la agricultura, la desproporción fue bastante más dramática: se reproducía un hombre por cada 17 mujeres, según un reciente estudio publicado en la revista Genome Research a partir de la secuencia completa de 456 cromosomas Y de todo el mundo. Es decir, de nuestros antepasados varones de entonces, 16 de cada 17 morían sin hijos, mientras que el varón restante disfrutaba de la compañía sexual de 17 mujeres. Y esto durante un periodo aproximado de cuatro mil años.

Uno de los miembros del equipo se investigación responsable del estudio, Toomas Kivisild, de la Universidad de Cambridge, adelanta la hipótesis de que, de algún modo, solo unos pocos varones acumularon en sus manos suficiente poder y riqueza, dejando al resto en una situación de dependencia. Estos varones podían transmitir su riqueza a sus hijos, perpetuando un patrón elitista de éxito reproductivo.

Y la paulatina desaparición en nuestros días del modelo monogámico podría augurar una dislocación similar en el futuro, como ha especulado a menudo el polémico novelista francés Michell Houellebecq. “Es un hecho, musitaba para mí, que en las sociedades como la nuestra el sexo representa un segundo sistema de diferenciación, completamente independiente del dinero; y como sistema de diferenciación funciona igual de despiadadamente”, escribe Houellebecq. “Los efectos de estos dos sistemas son, por lo demás, estrictamente equivalentes. Igual que sucede con el irrestricto liberalismo económico, y por razones similares, el liberalismo sexual produce fenómenos de absoluto empobrecimiento”.

“Algunos hombres hacen el amor a diario; otros, cinco o seis veces en toda su vida, o nunca”, continúa el novelista francés. “Algunos hacen el amor con docenas de mujeres, otros con ninguna. Es lo que se conoce como ley del mercado. En un sistema económico que prohíbe el despido improcedente, todo el mundo consigue más o menos encontrar su puesto. En un sistema sexual donde el adulterio está prohibido, todo el mundo consigue más o menos encontrar su compañero de cama. En un sistema económico totalmente liberal, ciertas personas acumulan considerables fortunas; otros se estancan en el desempleo y la miseria. En un sistema sexual totalmente liberal, ciertas personas tienen una variada y emocionante vida amorosa; otros quedan reducidos a la masturbación y la soledad”.

La distopía sexual y afectiva que dibuja Houellebecq ya empieza a insinuarse en nuestra civilización, donde amaga un separatismo más destructivo que ninguno de los registrados hasta ahora, una huelga más devastadora de las registradas nunca por la historia: la de los varones que renuncian al matrimonio o, en muchos casos, a cualquier tipo de relación mínimamente estable con una mujer.

“El matrimonio ha muerto”, confiesa Rupert, un joven alemán, a Milo Yiannopoulos de la publicación online Breitbart. “Las mujeres han renunciado a la monogamia, con lo que hemos perdido todo interés en mantener relaciones serias o formar una familia. Aun si nos lanzáramos, tendríamos muchas probabilidades de que los niños no fueran nuestros. En Francia, el hombre tiene que pagar incluso la manutención de todos los hijos que tenga su mujer en relaciones adúlteras”.

Los resultados: cada vez son más las mujeres que esperan a casarse pasados los 30 y que no lo consiguen después de esa edad. ¿Dónde están todos los hombres buenos? Muchos, al menos, han renunciado.

La última generación en alcanzar la mayoría de edad en Occidente, los Millennials, están huyendo del mercado matrimonial -en sentido amplio- en masa. No les salen las cuentas. Hijos de padres divorciados en una abrumadora proporción -uno de cada dos, aproximadamente-, han visto como los tribunales de familia han convertido el divorcio en una lotería para muchas mujeres, que se quedan con la custodia de los hijos, la casa y el dinero de la pensión que tendrá que pagar religiosamente su ex marido hasta la mayoría de edad. No es extraño que más de 80 de cada 100 divorcios sean a iniciativa de la mujer.

Los hombres, por su lado

Han visto cómo las mujeres, en palabras de la feminista Betty Friedan, les necesitan “tanto como un pez necesita una bicicleta”, un terreno político que les demoniza permanentemente y que se inclina con descaro en favor de la mujer y unas mujeres que, en posiciones profesionales cada vez más altas, exigen unos niveles a sus parejas potenciales que cada vez menos hombres pueden cumplir. Y ante la perspectiva, cada vez son más los que han declarado el ‘game over’.

Son los MGTOW, los Men Going Their Own Way (Hombres Que Siguen Su Propio Camino). Según su web ‘oficial’, declararse MGTOW es “declararse dueño de uno mismo, entrar en un lugar donde el varón moderno preserva y protege su propia soberanía por encima de todo. Es la manifestación de una palabra: NO. Es negarse a inclinarse, servir y arrodillarse por la oportunidad de ser tratado como un bien desechable”.

Pero la de los MGTOW es solo la más extrema de las reacciones a esta atmósfera supuestamente hostil a los varones que rige en Occidente. Hay otra tribu que pretende hacer de la necesidad virtud, aprovechando el ‘empoderamiento’ femenino y el fin de la monogamia: son los PUA, los Pick-Up Artists o Artistas del Ligue, que han desarrollado un sistema de técnicas extraordinariamente complejo -el Game- para conquistar mujeres y no quedarse con ellas mucho más allá de la mañana siguiente.

Guerra sin vencedores

Sea como fuere, la tendencia es lo bastante notable como para haber convertido en superventas el libro de la popular Dra Helen -Helen Smith-, Men on Strike, ‘Hombres en huelga’. El libro trata exactamente de lo que expresa el título. Los varones están de huelga o, al menos, un número creciente de ellos, ante una situación que les pone en clara desventaja.

Están en huelga, sostiene la autora, no solo de sus papeles tradicionales de proveedor principal, innovadores, trabajadores ambiciosos o protectores de las mujeres, sino también -y esto es lo grave para la sociedad en general- como maridos y padres. Pero, frente a la interpretación habitual de las autoras feministas -que achacan esta tendencia a una ‘infantilización’ del varón y su aversión al compromiso-, Smith sostiene que la postura de los ‘huelguistas’ es perfectamente racional y que se ven forzados a abandonar estos papeles a medida que la sociedad los convierte en tareas demasiado ingratas y arriesgadas.

James Taranto, del Wall Street Journal, coincide con Smith en su crítica a la obra y añade: “Los chicos y los jóvenes no son menos racionales o capaces de adaptarse a los incentivos que las chicas. De hecho, se están adaptando muy bien a los incentivos al poder y la independencia femeninas, que, en un clamoroso caso de disonancia cognitiva, la cultura imperante sigue vociferando en sentido contrario, denunciando a gritos una cultura de la violación cuando nunca antes habían estado tan bajas las cifras de este delito o una guerra contra las mujeres cuando no hay institución, empresa, autor o líder político que no se haya rendido hace tiempo a todas las demandas del feminismo”.

La de hombres y mujeres es la única guerra que no puede tener vencedores, y si la tendencia que es ya visible para cualquiera se consolida y estamos ante el fin de la monogamia, Occidente aprenderá con dolor que ha sido precisamente la monogamia -la democratización del sexo y la familia, la estructura que permite a la abrumadora mayoría disfrutar con seguridad de una pareja estable e hijos propios- la institución que ha construido nuestra civilización.

Publicado el 20.03.2015 en La Gaceta

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