Setecientos hombres, mujeres y niños murieron ayer ahogados en alta mar, elevando a mil las víctimas mortales de naufragios de inmigrantes en el Mediterráneo. Uno no prefiere no pensar mucho en esta forma horrorosa de muerte masiva aunque, en general, me temo que no hay muchas agradables.

Estábamos aquí tan a lo nuestro, parloteando de nuestra siempre trascendentales charlotadas electorales, y en un día se ahogan setecientas personas. Estábamos con el penúltimo político que se lo ha llevado calentito y nos desayunamos con setecientos cadáveres que lo arriesgaron todo por vivir con un mínimo de dignidad. El efecto me recuerda a cuando, de pequeño, uno se quejaba amargamente de comer un día más lentejas y tu madre te respondía, con esa habilidad de las madres para el contraste retórico, que “peor están en África”.

Y, sin embargo, todo es ‘normal’, en el sentido de perfectamente previsible. África, aunque se observen aquí y allá puntos de despegue económico, sigue siendo un agujero, el continente negro incluso en su acepción no racial. Europa no solo es rica, sino demográficamente suicida y con Estados del Bienestar que, a pesar de las jeremiadas podemitas, siguen siendo extraordinariamente generosos vistos desde la otra orilla. Los inmigrantes son seres racionales que responden a incentivos, como cada hijo de vecino. Trágico, pero perfectamente previsible.

Igual de previsible, en fin, que la demagogia con que se responde a estas tragedias. En Zona Crítica, el espacio de opinión de eldiario.es, Ruth Toledano (‘La fosa común del Mediterráneo’) “la realidad es jodidamente demagoga”, y supongo que para demostrarlo construye la columna más demagógica que espero leer sobre el asunto.

Compara Toledano la tragedia en alta mar con el reciente accidente-asesinato en masa del vuelo de Germanwings, asegurando que “llegamos a conocer los nombres y apellidos, las caras, los estudios, las circunstancias profesionales y familiares de muchas de sus víctimas”, mientras que “de esas 700 personas no hemos visto ni una cara, y de las 28 que han podido ser rescatadas apenas hemos vislumbrado a una mujer con un bebé en los brazos”. Y concluye, como era perfectamente previsible: “No lo sabemos porque eran subsaharianos. Negros”.

Personalmente, no conozco el nombre o los apellidos, mucho menos las caras o las circunstancias personales de los muertos en los Alpes. Pero eso es porque ningún conocido mío volaba en ese avión y no soy morboso. Concedo, si Toledano me lo asegura, que “llegamos a conocer” todos esos minuciosos datos. Pero se me ocurren razones más obvias e inmediatas para que sea así que ese omnipresente y tranquilizadoramente vago “racismo” que resulta siempre tan socorrido como explicación.

Para empezar, los nombres y apellidos del vuelo de marras se conocen porque hay una lista de pasajeros y un sistema que inmediatamente localiza a cada uno de ellos. Dudo que las pateras funcionen igual. En segundo lugar, los pasajeros del vuelo eran, en un número importante, españoles. Esto quizá indigne, por tribal, a Toledano, pero me temo que es un sentimiento universal, y que en las aldeas de donde han salido los muertos de la patera el nombre de las víctimas importará bastante más que el de todas las víctimas de Andreas Lubitz.

La idea de que la izquierda no es racista es carcajeante. Pero su racismo es de otro género, un racismo que ve en los negros a seres menores de edad a quienes ellos representan, una excusa más para esa sed de superioridad moral que les domina. Ignoro si a Toledano, en concreto, le interesa realmente, personalmente, el destino de cada una de las personas que iban en esa patera. Pero para la progresía en general todos los que no son blancos occidentales (heterosexuales y varones, para apurar) son menos que humanos, porque ser humano es ser responsable, ser capaz de la maldad y la estupidez, y eso es algo que difícilmente verán reconocer a un progresista con respecto a los subsaharianos.

Tratar a los negros como iguales es poder decir que la excusa del colonialismo no puede servir de manto universal y sin fecha de caducidad que justifique todos los males, que ellos tienen alguna responsabilidad en la marcha de su propia casa, que los países que no han padecido algún tipo de dominación colonial se cuentan con los dedos de una oreja. Quizá la razón por la que esta patera que ha hundido el mar -aunque leyendo a Toledano uno pensaría que la ha torpedeado una flota comunitaria- sea portada y fuente de inagotable demagogia mientras que los doce cristianos arrojados al mar por sus compañeros de embarcación en otra reciente no lo sea, es el colonialismo. Ser víctima es ser inimputable, siempre, de cualquier crimen.

Tratar a los negros como iguales significa no pensar que los blancos occidentales somos una especie de semidioses capaces de curar todos los males de este mundo tanto como de provocar todos los males de este mundo.

Sigue banalizando Toledano: “¿Europa va a consentir ese terrorismo solo porque sus víctimas no tienen un nombre ni una cara?”. Como dioses, nada sucede en tierra, aire o mar de lo que los europeos no sean responsables.

Al cabo, las víctimas de la tragedia siguen sin cara. Siguen sin ser personas, individuos, seres como usted y como yo. Solo son una excusa más para la demagogia y el postureo moral.

Publicado el 20.04.2015 en La Gaceta

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