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Cuando las tasas de nupcialidad y natalidad españolas aparecen en los medios, lo habitual es que  se destaque, por noticioso, el alarmante descenso de ambas. Para mí, en cambio, lo sorprendente es que aún haya gente -especialmente, varones- que se case y tenga hijos.

El matrimonio es hoy un contrato sin objeto y, para ellos, un mal negocio. Pero tener hijos es un negocio pésimo, cada vez más inexplicable.

Sí, la demografía es destino y hay pocos indicadores tan claros de la decadencia de una sociedad como una tasa de fertilidad por debajo del 2,1 hijos por mujer -que asegura una población estable-, y España está desde 2009 en 1,38, un nivel del que ninguna civilización conocida se ha recuperado en la historia. Y, sí, una plétora de los grandes problemas de Occidente derivan o se complican con este envejecimiento de la población, desde la previsible crisis del modelo de pensiones y el Estado de Bienestar hasta una inmigración masiva que se aproxima al ‘reemplazo poblacional’ y que trae aparejada una multitud de desafíos difíciles de encarar.

Y, sin embargo, todo el espectro político, que debería hacer de estos datos su prioridad absoluta, no solo lo ignora por completo sino que hace todo lo posible para que formar una familia sea misión imposible para muchos y empresa masoquista para los más.

Aquí tengo que hacer una confesión. De igual manera que si hablo de la conveniencia de los combustibles fósil lo honrado es que admita tener un importante paquete accionarial en Repsol, en este caso debo confesar que estoy casado y tengo cuatro hijos. Pero eso achaco a la edad y a mi pertenencia a un grupo confesional en rápido descenso en España, la Iglesia Católica. Aun así, y aunque la recomendación llevaría, en magnitudes agregadas, al colapso demográfico, mi consejo para cualquier joven soltero que me pregunte es: no tengas hijos y, por supuesto, no te cases.

No es que muchos de ellos puedan siquiera planteárselo. Los datos de crecimiento económico y de reducción del desempleo que tan sonriente tienen a Luis de Guindos y que de tantas palmaditas en la espalda en Bruselas nos ha hecho merecedores oculta un realidad bastante menos halagüeñas: la precariedad y los niveles salariales. El sueldo que importa socialmente es el que permite a los jóvenes mantener una familia, y lo que encuentran ahora quienes encuentran su primer empleo es casi lo justo para pagarse las copas y la gasolina mientras siguen viviendo en casa de sus padres.

El paro en España afecta precisamente de modo desproporcionado a esos que ahora deberían estar formando las nuevas familias y teniendo los hijos que, en el futuro, trabajarán para pagar las pensiones de pasado mañana.

Según datos del Consejo de la Juventud de España, los tipos de contratos que más crecen con el reciente crecimiento del empleo son los de prácticas y formación. Y los becarios cuasi permanentes no pueden permitirse formar una familia propia: en solo un año, el aumento interanual de este tipo de contratos ha sido del  55,72% para los menores de 30 años. Y si, joven becario, esperas que este puesto sea solo el duro principio de una próspera carrera laboral, tengo malas noticias para ti: solo un 20% de estos contratos da paso a la firma de un contrato fijo.

Y criar un hijo es carísimo, además de que no se puede devolver. Leo en El Confidencial que el español destina de media siete de cada diez euros de su sueldo a criar a su hijo. El 65% del salario si es hombre, el 81% si es mujer, lo que supone 180.000 euros invertidos en el vástago hasta su mayoría de edad, unos 10.000 al año. Vistos los números, la ayuda prometida y retirada por Zapatero suena a broma de mal gusto.

¿Y qué incentivos hay para tener hijos?

Hasta hace poco más de medio siglo bastaba uno, aunque muy poderoso: el sexo. Si lo practicabas, los hijos eran la consecuencia inevitable. Pero no era el único: los hijos han sido a lo largo de toda la historia la única seguridad social de las clases no acomodadas.

Hoy se puede elegir y no rige socialmente una estructura moral que empuje, precisamente, a la fecundidad. Los incentivos, que en las mujeres tienen un fuerte componente biológico, en los hombres son harto más vagos y sentimentales.

Si queda alguno que, a pesar de que tener un hijo consume cuatro de las cosas que más valora un hombre -libertad, tiempo, energía y dinero-, se empeña en tenerlo, normalmente es para que sea eso, su hijo.

Pero tampoco: su hijo solo es suyo para lo malo; para todo lo demás, es del Estado. Si su hijo menor de edad hace una barrabasada, paga usted, hasta el último céntimo; pero si tras pagar quiere censurar a su hijo, este se le enfrenta (después de ver miles de películas y series que le han enseñado que ellos tienen siempre razón y sus padres siempre se equivocan) y se le escapa una bofetada, usted va o puede ir a la cárcel.

Antes de la edad penal, el niño es inimputable -como hemos visto recientemente en el caso del niño de la ballesta-, lo que parece perfectamente razonable si se deja al padre autoridad para disciplinarle, pero no es así. De modo que está usted conviviendo con un adolescente en la edad de la rebeldía que puede matarle impunemente mientras que usted va a prisión por un simple cachete.

Si su hija menor de edad quiere someterse a un tratamiento de cirugía menor, necesita su permiso, querido padre; si, en cambio, decide deshacerse de su nieto sometiéndose a un aborto, ni siquiera tiene que comunicárselo.

En todo esto no incluyo, porque ya lo traté en un texto anterior, la probabilidad nada despreciable de que su matrimonio acabe en divorcio  y sus hijos se conviertan en arma en manos de los abogados de su mujer -que consigue su custodia en una mayoría abrumadora de los casos- y esté pagando por ellos viéndoles de Pascuas a Ramos y con una capacidad de decisión sobre sus vidas nula o muy reducida.

Publicado el 25.04.2015 en La Gaceta

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