Comenta mi amiga Ana que el estado natural del hombre es el de vacaciones, y hace tiempo que no oía algo tan cierto. Y no es un comentario desesperado, del que tiene ya la cabeza en la playa o la montaña, porque lo más genuino del ser humano se revela en la libertad, y el otro nombre de las vacaciones es, precisamente, ‘tiempo libre’.

Por contenta que esté con su trabajo, por libremente que lo haya elegido, la persona no se revela en el trabajo, el trabajo no transmite lo más íntimo y característico. En el trabajo se hace lo que se debe, no lo que se quiere. No se eligen, normalmente, ni las tareas, ni los horarios; ni la gente con quien hay que tratar. Uno puede ser vocacionalmente vago y trabajar como Stajanov por miedo al despido; se puede ser un misántropo nato y pasarse el día repartiendo sonrisas, encantador, por la necesidad de llevarse un contrato o no perder a un cliente.

Pero las vacaciones son el tiempo de la libertad, y su esencia está en eso, no tiene nada que ver con lo que se haga. Si uno ve a alguien en una cuadrilla, con un mono, pintando una pared, no imaginará que está ahí con la brocha en un súbito impulso de deseo, sólo que se gana la vida. Si luego ve a otro en idéntica postura, pintando la pared de SU casa, la actividad del uno y el otro es la misma, pero, en un sentido profundo, tan diferente como si perteneciesen a mundos distintos. O, por citar un corpus vile, yo mismo no estoy escribiendo esta columna exactamente con el mismo espíritu con el que podría ponerme a escribir a mi aire debajo de una sombrilla dentro de escasos días.

La libertad nos revela, dice quiénes somos realmente, qué nos importa, qué nos interesa. Por eso las vacaciones no son un tiempo sobrante, tiempo, como dicen los que nos quieren máquinas, para ‘recuperar fuerzas’, para ‘cargar las pilas’ (odio especialmente esa metáfora mecánica). Son su tiempo, verdaderamente suyo.

Anuncios