Imaginen, les ruego, la siguiente historia. Como mero entretenimiento, un interludio de ficción.

Imaginen un multimillonario norteamericano que ha copado titulares desde joven. Tiene una de esas personalidades ‘bigger than life’ que atrae a los periodistas como moscas a la miel: astuto, narcisista, aventurero, mujeriego, amante del espectáculo. Lo ha hecho todo en su carrera, ha tocado todos los palos, nada en millones pero se ha arruinado tres veces.

Ahora, en el otoño de su fulgurante carrera, apenas le falta un palo por tocar: la política. Pero él no es político, no es ideólogo, tiene más intuiciones que principios y, en fin, lo suyo es el ágil mundo de los negocios, no el burocratizado campo de la política donde cualquier decisión tiene que pasar por decenas de filtros y trámites para salir, al fin, deformada y de dudosa aplicación.

No, no tiene ninguna intención de dedicarse a la política. Pero…

Pero necesita ser el centro de la atención y su olfato comercial le dice que hacer un poco de ruido en un espectáculo tan seguido por el público como son las primarias de un partido para elegir candidato presidencial puede ser un genial golpe de marketing. En el peor de los casos, es tiempo de televisión, es estar ante las cámaras y poder lanzar un mensaje, el que sea.

Con esta intención entra en liza y, tranquilo en su idea de “haber estado ahí” y perder con honores, habla en los debates con una candidez y una libertad desacostumbrada en la encorsetada vida política. Se atreve a decir cosas prohibidas, tanto así que los medios decretan unánimes sus nulas posibilidades aunque, por otra parte, él cuenta con esa derrota.

Pero llega la sorpresa: un sector del público, hastiado de mensajes satinados y blandos, lemas insípidos y argumentos fabricados para no molestar a nadie, se entusiasma con su brutal sinceridad. Por fin un candidato que dice lo que pensamos sin atrevernos a expresarlo. La presión de la ortodoxia, como una olla puesta al fuego, amenaza con hacer saltar la tapa por los aires.

Nuestro hombre no entiende nada, él no iba en serio, por favor, qué locura. Así que va de mitin en mitin, de rueda de prensa en entrevista, soltando lo que, sin condenarle al ostracismo en los negocios, sí considera adecuado para acabar con sus posibilidades electorales. Pero a cada blasfemia ideológica aumenta su popularidad entre un electorado harto de lugares comunes. No es tanto lo que dice como el hecho de que lo diga en alto, por televisión, ante los atónitos periodistas.

En un tiempo récord deja atrás a sus oponentes y lo que nunca entró ni remotamente en sus planes se hace más y más real, alcanzable, casi a la mano.

Mi cuento no está terminado. No sé qué hará ahora el excéntrico millonario que solo quería hacer un poco de ruido, llamar la atención y consolidar su imagen empresarial y se ve ahora con opciones realistas al trono.

Puede intensificar su estrategia suicida que tan paradójico resultado le ha dado, lo que quizá signifique, en efecto, su fin, pero que también podría acercarle aún más a la victoria.

Puede abandonar sin más, pero eso está tan fuera de carácter que arruinaría el cuento.

Puede, en fin, que lo consiga, que acepte lo que el destino le ha puesto al alcance de modo inesperado.

Y entonces, ¿qué?

image

Anuncios