Asentir y amplificar. No se me ocurre ya otra forma de levantar las armas contra el océano de ternurismo papanatas con final trágico que va a acabar con nuestra civilización.

Le ofrezco la estrategia a Hungría, que debe de estar ya hasta la bola de ser el malo de la película por algo tan absolutamente natural y hasta ahora perogrullesco de pretender seguir siendo húngara y mantener cierto control sobre su frontera.

Viktor Orban es el Hitler del mes ­-nunca pase 30 días sin uno-­, y el hecho de que tenga no solo una abrumadora mayoría en el Parlamento de Budapest sino también un apoyo popular de similar proporción no vale, que la democracia solo vale y solo es sagrada y pura y la suma de todo bien cuando el pueblo da con la respuesta correcta, como en los exámenes. Y en Hungría ­-como en Tordesillas­- el pueblo no sabe lo que le conviene.

Así que ya no son solo los medios, sino sus propios socios de la Unión Europea los que le afean su conducta y amenazan con sanciones. Orban se empeña, que más que húngaro parece de Bilbao, pero es una batalla de desgaste perdida de antemano. Los refugiados están en la valla y se multiplicarán las historias lacrimógenas y los medios darán nombres unidos a fotos conmovedoras y habrá boicots y… Bueno, creo que conocen el resto. Claudicará.

Salvo, naturalmente, que me haga caso, les acepte el envite y suba a órdago, todo en su propio juego. ¿Que le llaman fascista de corazón de hielo por cerrar las puertas en las narices a la marea sarracena? Pues que las abra. De par en par, con los brazos abiertos.

Total, los sirios y asimilados ­-ese 49%, según cifras de ACNUR, que se apuntan a la excursión sin guerra alguna que lo justifique, ya que estamos-­ no quieren quedarse en Hungría. Para asegurarse, basta que Orban ponga burocráticamente difícil conseguir las bicocas estatales que hacen nuestras democracias tan apetecibles para el Tercer Mundo, hasta el punto de que huyen de una guerra durante cientos de kilómetros teniendo países en paz pared con pared, como quien dice.

Puede, claro, prohibir toda prestación social a los refugiados, pero eso le devolvería a la casilla de salida, la del fascista de corazón de hielo, y habría hecho un pan con unas tortas: no, que deje el nivel de prestaciones que sea normal en estos casos, pero todo por triplicado y con un sinfín de comprobantes y luego solo hay que dejar que una burocracia no muy motivada haga su trabajo, que consiste en complicar lo sencillo y eternizar lo que puede arreglarse en un pispás.

Siguiendo mis sabios consejos, Orban mataría toda una bandada de pájaros de un tiro. Primero, no iba a quedar un refugiado en suelo húngaro, que los sirios saben leer y no son tontos. En segundo lugar, iba a cerrar la boca a tanto guerrero de sofá y blando corazón que ahora pide su cabeza y a los que no quedaría otra que callarse o ponerle un monumento y recordarle en sus oraciones. En tercer lugar, iba a disfrutar del euforizante espectáculo de una Merkel que palidece de terror y un Juncker al que no le llega la camisa al cuerpo y que a la larga ­-¡oh, placer supremo, goce de dioses!-­ le suplicarían un poquito de ese fascismo resalao que tanto criticaron.

En realidad es esta una estrategia que hace tiempo considero la única posible contra la tontuna imperante y el altermundismo desatado: doblar la apuesta. ¿Quieres referéndum sobre si monarquía o república? Pues yo exijo referéndum para eso y mucho más, como las propias cuotas de inmigración o ­-¡caliente, caliente!-­ si el pueblo español quiere dar parte de sus bien ganados euros al cine, o el sueldo de los diputados o, en general, todos esos asuntos que estos demagogos de instituto no querrían ver en una urna por todo el oro del mundo.

No tiene sentido oponerse y caer bajo un aluvión de ‘dislikes’ en redes sociales, redacciones de medios y cátedras de paniaguados. Mejor tomarles la palabra. El día en que todos juguemos a ser más rojos que los rojos se acabó la tontería.

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