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Quizá me haya fijado poco, pero no recuerdo haber visto familias montando juntas e ilusionadas una maqueta de las Cortes, con sus figuritas en plástico o arcilla de los padres constitucionales, cuando se acerca el Día de la Constitución. Tampoco ha cuajado en el vulgo la costumbre de colgar vestiditos de diseño de las mejores firmas en un árbol durante la Semana de la Moda de tal o cual firma de grandes almacenes, y hay que admitir que apenas ha echado raíces en nuestro pueblo la tradición de poner los zapatos en el salón en vísperas del Día de las Fuerzas Armadas para que el ministro de Defensa los llene de regalos.

f0af64a3fc75f50879236b3ad9612a8fSe ha convertido en un tópico la idea de que las Navidades son un invento de los grandes almacenes. No es frecuente leerlo así, con todas las letras, porque el absurdo se hace demasiado evidente, pero el concepto de una especie de conspiración capitalista para crear una fiesta del gran consumo con un pretexto más o menos adecuado está muy extendido.

Quienes difunden este mito no tienen razón, claro, pero sí razones: aproximadamente la mitad de la facturación anual de los minoristas de bienes de consumo corresponde a estas fechas. La llamada al consumo masivo, ardiente como una llamada a las armas, nos acecha machacona desde todas las televisiones, publicaciones, cadenas de radio y vallas publicitarias.

Pero las fiestas populares no se ‘inventan’. Al pueblo se le pueden imponer -se le imponen- un régimen político, ideologías, impuestos (que por algo se llaman así), preferencias de consumo, o canciones de verano. Pero intentar imponer por decreto -o por campaña de marketing- un motivo de celebración es como tratar de decidir por otro de quién tiene que enamorarse. Si no fuera así, ¿por qué no trasladar la Navidad a primavera, cuando hace mejor tiempo y se puede callejear de compras?

Sólo la religión ha dado fiestas populares a los hombres. Los pueblos se ponen de acuerdo para llorar juntos la muerte de un profeta, no de un político; para regocijarse e intercambiarse parabienes por el nacimiento de un dios, no de una nueva línea de producto.

Hay un intento de ‘laicizar’ la Navidad, es cierto. Pero todas las tarjetas presuntamente navideñas con paisajes nevados o motivos abstractos, todas las iluminaciones callejeras ‘de arte y ensayo’, todas las asépticas felicitaciones “de las fiestas” y todos los papanoeles aconfesionales del mundo no pueden ocultar lo que se celebra: nos ha nacido un Salvador.

No pretendo animaros a que cenéis un humilde plato de garbanzos en Noche Buena o a que regaléis juguetes hechos en casa para Reyes. Aunque en muchos casos se haya salido de madre hasta el punto de eclipsar lo importante de la fiesta, el consumo extra de estas fechas tiene su origen en una intuición universal como la Navidad: la idea de celebrar las buenas noticias con un banquete y tirando la casa por la ventana.

Basta con que se recuerde el motivo de la alegría por debajo y por encima de todos sus signos externos, que gastemos y celebremos porque estamos alegres, y no al revés.

Feliz Navidad.

25thB

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