En la vida política española de hoy hay un misterio digno de Cuarto Milenio, un misterio tan evidente que estoy seguro de que lo que escribo resultará redundante porque ya lo han debido tratar mejor en algún otro lado: el misterio de Vox.

Veamos. El PSOE es el rival eterno, el que todavía ocupa el segundo puesto en todas las encuestas, al que correspondería con toda probabilidad formar gobierno si el PP no da la talla en las urnas.

Pero se ha hablado de una ‘Operación Salvad al Soldado Sánchez’ que, aunque probablemente inexistente, resulta plausible. El PP pega flojo, insultos de debate aparte, y no nos extrañaría que los populares soñaran con una vuelta a esa plácida alternancia de cuando ellos y los socialistas se repartían el pastel parlamentario.

Ciudadanos es el partido que le está comiendo la tostada, sí, y van por Rivera. Pero, una vez más, no hacen sangre. A poco que se tuerzan las cosas, van a precisar de su benevolencia, y si conviene atacarles, no así exasperarles ni volar todos los puentes. Les reconocen, al fin, que ya es algo.

Podemos podrá ser la pesadilla de cualquier votante pepero, pero es un secreto a voces que los de Rajoy se lo han puesto a Pablemos como se lo ponía a Felipe II, que parecían los apoderados de un novillero prometedor. Si podemos decir “es de día, Pablo está en alguna tele” no ha sido, precisamente, con la oposición del Partido Popular.

Cualquiera de estos partidos puede arruinarle al PP la noche electoral, son todos ellos enemigos directos de sus posibilidades de formar gobierno. Y, sin embargo, los reconoce y, en algún caso, alienta y respeta.

A todos menos a Vox. Vox no existe, Vox no se menciona ni para maldecirlo, a Vox se le boicotea por detrás… ¿Por qué? Muchos de sus candidatos son ex miembros del Partido Popular, incluido su líder, Santiago Abascal, y no suponen la menor amenaza, que no hay encuesta que les dé un mísero escaño. Incluso les podría beneficiar que hubiera en el parlamento un grupo más a la derecha, para unirse a los chicos guay de la clase y hacerles el vacío al extremista, que es lo que parece desear el PP desesperadamente. ¿Por qué, entonces, esa saña?

Vox es el Fantasma de las Navidades Pasadas para el Scrooge ‘popular’. El programa de Vox reproduce casi milimétricamente el corpus ideológico del votante hardcore del PP, las ideas que lo auparon en su día y le abrieron la puerta de la Moncloa. Vox es un permanente reflejo de lo que dijeron que iban a ser, recordatorio de la traición reincidente a su electorado.

El votante tiende a ser tribal, a votar “a los suyos”, a los que reconoce como suyos, y a perdonar fácilmente las desviaciones ideológicas. En el caso del votante de derechas, el caso es más grave, rozando el Síndrome de la Mujer Maltratada que se niega a aceptar que su marido es un bruto y asegura que, en el fondo, es bueno y la quiere. El PP ha atacado como oposición todas las iniciativas de ingeniería social de Zapatero para mantenerlas después. Todas es todas. No hay forma de distinguir en el PP real una plataforma ideológica sustancialmente diferente a la del PSOE, retóricas aparte. Pero el votante parece ligado por una especie de enfermiza ‘devotio iberica’ al partido.

España es políticamente lenta, va con cierto retraso. Un ejemplo: en España el europeísmo entusiasta sigue siendo de rigor en todos los partidos, como si todavía temiésemos que Europa empezara en los Pirineos, mientras en los países del núcleo duro de la UE es ya un concepto discutido y discutible.

De igual forma, a la derecha pepera de Occidente le están creciendo los enanos de una derecha que se lo cree, que no quiere ser el Dumbledee blando para el Dumbledum de una izquierda amorfa. El Frente Nacional es el partido más votado en Francia, en Gran Bretaña el Ukip empieza a despuntar, en Suecia las encuestas dan ganador a un partido, los Demócratas Suecos, que ha sido calificado de neonazi. Hasta en la Grecia de Syriza pesan los chicos de Amanecer Dorado con sus brazos en alto.

En España, la alternativa al sistema es Podemos, un partido de leninistas de instituto que sueña con hacer un ‘Aló Presidente’ con Pablo Iglesias. La derecha seria, real, que sería Vox, no se come un colín.

Hay muchas razones para que sea así, sin contar con esa lentitud de que hablaba antes.

La inmigración masiva, que en muchos casos ha llevado a los pueblos europeos a buscar quien reivindique su identidad nacional, ha sido en nuestro caso algo menor y formada mayoritariamente por un grupo, los latinoamericanos, más fáciles de asimilar por lengua, religión y viejos lazos históricos.

España tiene fresco en la memoria -demasiado fresco- el recuerdo de cuarenta años de dictadura demonizada, y toda derecha que no le ría las gracias a la izquierda oficial se arriesga a ser identificada con aquel periodo.

También hemos pasado siglos anhelando que nos dejen entrar en el club europeo, mucho antes de la existencia del Mercado Común, y una vez dentro del grupo oficial es lógico que no sintamos muchos deseos de quedarnos otra vez fuera.

Pero los vientos soplan por donde soplan, y España, al cabo, acaba imitando las modas de París aunque sea con retraso. Eso lo saben en el PP, saben que si le dan un dedo a Vox, Vox terminará por devorarles porque los de Abascal representan algo y ellos, nada. Lo que quiere evitar a toda costa el PP es, por así decir, que les vean juntos y comparen, como esa vieja diva que evita como la peste salir en las fotos junto a su joven y atractiva sobrina.

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