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Eran la generación del “prohibido prohibir”, “la imaginación al poder”… Ahora sus nietos los quieren muertos. Es demasiado PERFECTO.

Hay en la armonía de las cosas, en el inexorable cumplirse de los efectos en relación a las causas, tal motivo de satisfacción intelectual que uno apenas puede dejar de sentirla incluso cuando se trate del proceso del horror.

Ha estallado en Twitter, como una floración venenosa, una riada de comentarios de jóvenes podemitas lamentando amargamente que los mayores de 60-65 voten, que no saben de qué va la vaina, deseando los más moderados que les quiten el voto y los más exaltados que se mueran ya. Y, sí, me apena y me horroriza, no me tomen por un monstruo. Pero no puedo evitar cierto oscuro estremecimiento de gozo salvaje contemplando, una vez más, cómo los efectos siguen inexorablemente a las causas.

008Aquellos que los podemitas exaltados quieren apartar, de la vida o de las urnas, eran los veinteañeros del Mayo Francés, los de esa revolución de pega del 68 que triunfó sin ocupar un solo ministerio. Buscaban la playa bajo los adoquines, que también es mala suerte hacerlo en París, una ciudad que con los romanos tomó su nombre del lodo; querían prohibir prohibir, pero pronto se dieron cuenta de que era más divertido prohibir cualquier otra cosa, especialmente el sentido común; y clamaban por llevar la imaginación al poder, y lo han conseguido aunque el resultado recuerde más a Lovecraft que a Tolkien.

Educaron a sus hijos en estas ideas. No hablo individualmente, sino en los libros que éstos leyeron, las consignas que oyeron repetir incesantemente, en las películas y las series, en las canciones y en esa pedagogía demencial que ha llamado “autoestima” al narcisismo. Les convencieron de que el más zote de ellos podía llegar a ser lo que desease, que cualquiera de ellos era lo mejor, que nada había tan perverso como reprimir un deseo y que no verlos todos cumplidos era siempre culpa de un ‘sistema’ odioso y opresor. Les enseñaron, en fin, a odiar las limitaciones, que son las que mejor educan y con lo único que se puede construir.

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Nunca he conocido, ni por la experiencia propia ni por lecturas, generación más mansa, jóvenes más adocenados, mocedad más dócil y fácil de llevar. Agitan y marchan y se oponen al sistema, exactamente como un disciplinado ejército que cumple órdenes, porque eso les han dicho que corresponde. Habla con uno y será como hablar con todos: ni una idea disidente, ni una chispazo personal, ni un paso tímido un milímetro más allá de su férrea ortodoxia bienpensante.

Pero quienes gritaban aquello de que nunca te fíes de nadie mayor de 30 pasan ya de los 60, y han programado a varias generaciones en el desprecio de una edad que, oh, ahora es la suya. No te salvará la coleta cana, ni el patético y a menudo equívoco uso de expresiones juveniles, ni halagarles ni tratar febrilmente de ‘seguirles el rollo’. Les has programado pacientemente para que se opongan a muerte a lo que ya eres, en una espantosa parodia de Revolución Cultural ralentizada y aún incruenta, y como niños buenos que han aprendido la lección -tu lección- te arrinconarán como un mueble viejo antes de retirarte la sonda.

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