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Imagina que te despiertas un día, te asomas a la ventana y al otro lado ves la bulliciosa Roma imperial.

Supón que es de repente púrpura la hierba de tu jardín bajo un cielo del color del oro viejo. Corretean entre las basuras elefantes diminutos, y en el zoo contemplan los niños de excursión ratones gigantescos como camiones. En la nevera espera un plato con varias ballenas azules que caben cómodamente en la sartén, y en el lejano mar de un ocre claro y luminoso navegan majestuosas sardinas del tamaño de un galeón.

finding_myself_in_wonderland_by_chrisables¿Quién podría sustraerse al estupor en un caso así, quién se alzaría de hombros y dejaría de admirar esa hierba y ese cielo, edificios, animales, mar?

Y, sin embargo, la hierba es gloriosamente verde, el cielo de un luminoso azul. Los romanos miraban por la ventana con indiferencia esa escena que para ti es motivo de absorbente interés y encanto. Y hay la misma gloria en el ratón diminuto, en el enorme elefante, que si intercambiaran sus tamaños.

El cínico es el que cree ver la verdad debajo de sus velos, y se burla arrogante del vulgo que conserva una medida de asombro. Pero es él -en algún grado, todos- quien tiene el velo absurdo del hábito, que cae en la trampa, quien se deja engañar por el espejismo de la repetición, como si el verdor de la hierba se degradara y desliera con cada vistazo, como si el fuego, el mar fueran un punto menos grandiosos la milésima vez que los contemplamos que la primera.

Ese es uno de los aspectos que hacen evidentes y no meramente ciertas las palabras: “si no os hacéis como uno de estos pequeños, no entraréis en el Reino de los Cielos”. El niño es un recién llegado, un explorador para el que todo es nuevo, para quien un bosque de árboles es tan fantástico como sería para cualquiera de nosotros un bosque de hongos inmensos. La repetición no nos hace ver las cosas como son, al contrario: nos vela ante su obvia maravilla, en un terrible efecto secundario de nuestra naturaleza averiada.

En lo que tiene de sacra, la poesía es revivir esa primera visión de los hombres como árboles que andan, de una luna recién y violentamente creada como una misteriosa lámpara redonda. Veneramos al poeta como a un hombre que sabe ver como se ven las cosas en el alba primera, y solo una civilización cansada puede ensalzar poetas que encuentran vulgar el mar y aburrido el fuego.

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