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Nam Sibyllam quidem Cumis ego ipse oculis meis vidi in ampulla pendere, et cum illi pueri dicerent: Σίβυλλα τί θέλεις; respondebat illa: ἀποθανεῖν θέλω

Nadie puede, ni de lejos, hacerle aún sombra a Occidente. Somos los más ricos -desconfíe del ‘milagro chino’: tiene los pies de barro-, los más fuertes, los más creativos. El planeta entero acoge nuestros inventos, copia nuestras instituciones, ve nuestras películas, escucha nuestra música. Nada ni nadie puede destruirnos.

Y, sin embargo, hemos empezado a morir hace ya décadas y no hay vuelta atrás. Morimos, a plazo fijo si no se revierten casi milagrosamente nuestras tasas de fertilidad. Y la demografía es solo el aspecto más evidente, el juego de números, las habas contadas con las que el más idiota puede hacer con los dedos la crónica de nuestro suicidio. Somos sociedades estériles, sociedades cada vez más viejas.

Pero es, ya digo, el último síntoma, el indicio más burdo y de bulto, en absoluto la causa. Occidente muere porque desea morir. Hay una terrible pulsión de muerte en su cultura, en nuestra cultura. Todos sus impulsos parecen dirigidos contra la vida, hacia la extinción. No es meramente estéril, sino que parece poseída de un entusiasmo por promover esa esterilidad en todos sus aspectos: su arte es estéril, sus políticas son estériles, su economía es estéril, lo que enseña como bueno en sus aulas y en sus libros, películas y manifestaciones es estéril.

Toynbee, al menos en esto, tenía razón: nadie mata a las grandes civilizaciones, se suicidan. Nada había tan grandioso, tan poderoso y perfecto en el siglo V como Roma. Ni aun los bárbaros querían otra cosa que vivir de ella y como ella. Pero murió, podrida por dentro. Como nosotros.

No esperen un futuro a lo Mad Max. No es así como llega el fin. Es acostumbrarse a que empiecen a fallar los servicios, a que sea un privilegio poder formar una familia, a que tu barrio se parezca cada vez menos a ti, a que sean cada vez más las ‘tierras de nadie’ donde es mejor no entrar.

Las señales están por todas partes, y es tan deprimente como sencillo hacer el inventario, desde ese nuevo entusiasmo de converso por la combinatoria sexual estéril y el enfrentamiento demencial de los sexos a una economía de trileros; desde ese ansia de nuestras élites por anegar nuestras poblaciones y sustituirlas por otras llegadas directamente del Tercer Mundo -con la arrogancia de quien ve en las personas piezas de Lego intercambiables, sin identidad ni cultura- al cultivo cuidadoso de una utopía infantil.

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Nada le mata: Occidente quiere morir porque se odia. En una época en que todo ‘colectivo’, por minoritario que sea o enfermizo que suene, resulta inatacable y cuando el comentario más inocente puede interpretarse como un crimen de odio, aún hay un grupo que es no solo lícito, sino virtuoso odiar: todo lo que tenga que ver con nuestra civilización, con quienes construyeron la Catedral de Colonia, compusieron el Miserere, escribieron el Quijote y Macbeth, inventaron el parlamento y la universidad,  enseñaron al mundo la dignidad de todo ser humano. Especialmente, claro, la Maestra de toda nuestra civilización, la Iglesia católica.

Ninguna teoría más idiota que la del progreso, esa que enseña la historia como una triunfante línea siempre ascendente. La historia, sabían los antiguos, es circular, y todas las grandes civilizaciones siguen su inevitable ciclo de crecimiento, auge y decadencia. Habrá resistencia, pero será tan hermosa como inútil. Hemos empezado a morir sin remedio, y a los más que podemos aspirar es a hacer un cadáver bonito.

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