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La Cultura, hemos sabido en la Gala de los Goya, está contra el Gobierno. Como un solo hombre. La verdad es que suena mucho más imponente decir “la Cultura” que escribir los nombres de toda esa troupe de cómicos, ¿no?

Ya es triste que, de todas las Bellas Artes y el pensamiento, la cultura haya quedado reducida a un puñadito de faranduleros y algún viejo autor con tantos premios oficiales como escasos lectores. Pero aún más triste, para los que atesorábamos el tópico romántico del artista bohemio, libre y contestatario, es ver a tanto presunto artista alabando al poder, apoyando a todo gobierno de su cuerda. Chirría.

El adocenamiento debería ser anatema para el creador; el conformismo, veneno para los artistas. La desoladora explicación es que éstos no son sino funcionarios del arte, burócratas de la cosa, aprovechados y pícaros que tienen secuestrado el nombre del arte para seguir pasándose por caja a fin de mes, para vivir de la sopa boba oficial como dóciles empleados mientras juegan a la revolución con dinero ajeno.

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