“(…) aquel hidalgo loco era un ejemplo; un ejemplo de nobleza y valor frente a la injusticia, decía que a veces hacen falta locos dignos que se enfrenten a los poderosos, hacen falta soñadores valientes que sepan soñar un mundo mejor y que se atrevan a llamar a las cosas por su nombre. Hacen falta soñadores (…). Hacen falta Quijotes. Estamos orgullosos de ese soñador a caballo, de ese español universal. (…) soñamos como don Quijote, pero nos tomamos muy en serio nuestros sueños.” (Pablo Iglesias)

 

Debo confesar que me alarma don Quijote, y me aterra su culto. Quiero pensar que a Miguel de Cervantes le pasaría lo mismo. Sí, sé que mucho de la actual quijotelatría es de pega, lectura de precepto, el más citado de los libros no leídos. Además, nada tengo que decir sobre la novela: acepto el dogma cultural que la sitúa en la cúspide de la literatura. Es contra el personaje contra lo que me rebelo; es él -y la enorme simpatía popular que despierta- lo que me hiela la sangre. Porque don Quijote es, pura y simplemente, un fascista, el precursor de los totalitarismos.

Primero hay que aclarar que el totalitarismo es un fenómeno exclusivamente moderno, que no se trata de una dictadura especialmente agobiante y tiránica, sino del intento de imponer sobre la realidad social una ideología, es decir, un modelo ‘racional’ -pero irreal- trazado aIMG_2491 tiralíneas en un estudio. Como el ideólogo puro, Alonso Quijano pierde la noción de la realidad y la cordura de tanto leer versiones del modelo ideal -las novelas de caballería-; se deshumaniza hasta el punto de dejar de ser y precisar otro nombre, don Quijote, igual que Yosif Dzhiugashvili pasó a ser Stalin. Don Quijote sale entonces a los caminos con la misma intención de todos los ‘salvadores de la patria’ y ‘hombres del destino’, decidido a desfacer entuertos y a imponer la justicia. Su justicia, naturalmente. Y ve las cosas como aparecen en el modelo, no como son. Si la realidad no coincide con lo que ve -si los gigantes resultan ser, después de todo, molinos-, tanto peor para la realidad. Si la URSS era el paraíso, es de razón que los disidentes sólo podían ser locos, y lo sensato era encerrarlos en los psiquiátricos. Don Quijote es, como todos los ideólogos, un paranoico que ve fantásticas conspiraciones en todo lo que frustra sus deseos. Don Quijote es una figura ridícula; ridículamente cómica a ratos, ridículamente trágica, en otros. Pero nuestro tiempo admira al loco, al parecer, con tal de que sea ‘idealista’, y poco importa que no deje títere con cabeza para que brille su justicia y se canten sus hazañas.

 

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