La izquierda es una herejía cristiana y no lo sabe, por eso ataca al padre con furor freudiano.

Permítanme un desahogo imperdonablemente frívolo: a veces desearía que no quedaran en Occidente más de un ínfimo puñadito de cristianos, algo así como hace dos mil años, y que para el mundo fuera un recuerdo no más vivo o cercano que los dioses del Olimpo o de Asgard. Después de una sociedad cristianizada –como la que construyó nuestra civilización–, lo mejor es una sociedad que desconozca por completo a Cristo, y lo absoluto peor, una poscristiana, como la que padecemos.

Me explico. La Iglesia, en todo lo que no tiene de místico, representa la defensa de la cordura y el hombre histórico tiene una evidente tendencia a permitir que el disparate, lo irracional, entre en su discurso social, cayendo ora en esta locura, ora en la contrario de una época a la siguiente. Y en cada ocasión la Iglesia ha recordado al mundo la verdad que no estaba de moda ni quería oír.

Y, al defenderlo la Iglesia, se convierte mágicamente en una ‘cuestión religiosa’ y, por tanto, desdeñable sin necesidad de argumento. Si el relativismo llevara a dudar de la aritmética, que dos más dos son cuatro se convertiría en “una creencia religiosa”; ya estoy viendo las pancartas: “¡Saca tu religiosidad de nuestra contabilidad!”.

aiQFyX_fLo más gracioso –e irritante– de todo el asunto es que quienes más recurren a este deleznable antiargumento son los miembros de la izquierda, una herejía cristiana donde las haya, una ideología tan totalmente incomprensible sin el humus cristiano que en ninguna otra civilización ha arraigado sino como parte de un proceso de occidentalización.

Igualmente curioso resulta que, así como la izquierda rechaza como cosas de curas sin concederles una reflexión seria cuestiones de absoluto sentido común o lógica o incluso experiencia diaria, aceptan como premisas incontrovertibles y perfectamente racionales consecuencias del cristianismo que ningún a filósofo, sabio o pensador antes de Cristo se le ocurrió mantener. Son como un pirómano quemando la casa del enemigo sin darse cuenta de que es también su casa.

Que los hombres son iguales, que hay una especial dignidad en el sufrimiento, que hombre y mujer son titulares de los mismos derechos naturales, que la libertad individual es un valor universal: todas estas premisas son tan místicas, por indemostrables, como el misterio de la Santísima Trinidad. Ni Platón ni Aristóteles veían nada malo en la esclavitud y Sócrates no estaba precisamente solo al dar gracias a los dioses por haber nacido varón.

En cambio, que el individuo es genéticamente idéntico a sí mismo y no hace otra cosa que crecer, sin soluciones de continuidad, desde la unión de los gametos es ciencia. Como lo es que la homosexualidad exclusiva es una anomalía estadística y un rasgo evolutivamente indeseable.

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