Voy a confesaros una cosa: no quiero que mis gobernantes me sonrían.

No, no es que ya me dé igual que lo hagan, es que prefiero que no lo hagan.

Desde que recuerdo me están sonriendo, es casi la única parte de su función que todos hacen bien. Y de tanto verla, esa sonrisa ha acabado por parecerme siniestra.

No quiero que quien me gobierna me sonría, ni que me ame, ni que se desviva por mi felicidad. Como no quiero que mi dentista me sonría, me ame o se desviva por mi felicidad.

Quiero que sea razonablemente eficaz, razonablemente honrado y no demasiado caro.

Un político puede decirme que va a gobernar bien y mentirme. Pero es al menos posible que diga la verdad.

Pero si un político me habla de amor y de sonrisas, sé que tengo que prepararme para lo peor.

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