De todas las taxonomías comunes que se aplican a la condición humana, de todas las formas habituales de clasificarnos, etiquetarnos y estabularnos, la edad es una de las más populares, no sin razón. Es observable que, en grandes números, no tienen jóvenes y viejos los mismos hábitos, gustos, tendencias, aptitudes y opiniones, y a estos cambios afectan dos circunstancias claramente distintas: por un lado, lo que el propio paso del tiempo nos hace cambiar en cualquier circunstancia, y, por otro, la diferencia de lo vivido. El pasado es otro país, dijo alguien que no voy a buscar, y en ese sentido un viejo es como alguien que viene del extranjero con una nueva perspectiva.

Sin embargo, la clasificación induce, sin pretenderlo, a un error en el que me ha hecho pensar una meditación al respecto de Andrea Mármol. Usaré, para explicarlo, la distinción sobre la que ella misma, veinteañera, llama la atención al compararse con sus mayores y destacar lo que llama su “ventaja” a efectos de la discusión o el debate.

Creo que el tiempo le es extraño al hombre. Es un ser que tiende a vivir sub specie aeternitatis, y eso hace que el paso de los días nos sorprenda, cosa que no sucede, digamos, con experiencias comunes como la oscuridad o la lluvia. Ver a un amigo al que no se ha visto en muchos años nos estremece, y el cambio constante no cambia nuestro primer sobresalto ante los cambios. “¡Cómo pasa el tiempo!” sigue y seguirá siempre siendo un comentario afortunado, en el sentido de universalmente compartido, porque el tiempo, tan común, nos es de algún modo ajeno. Nos coge siempre desprevenidos.

Por eso Andrea habla, sin saberlo, como si se refiriese a una clasificación estática, como si sus veinte primaveras fueran como su nacionalidad, su sexo o su raza; como si mi cincuentena fuera mi condición inamovible. Me pasaba algo parecido con mi abuelo que, siendo mi abuelo, tenía la obligación de haber sido siempre viejo, y pensarlo joven y niño era un ejercicio fantástico, como imaginar sardinas del tamaño de una ballena y elefantes como ratones.

Esa es la diferencia; esa es, me atrevería a decir, mi ventaja –mi única ventaja- sobre Andrea: en mis cincuenta años están contenidos sus veinte. Yo, Andrea, también tengo veinte años. Solo que, además, tengo otros. El hombre que tiene 80 tiene también 70, 60, 50 y así hasta llegar al niño que recuperamos siempre que estamos solos en un lugar nuevo.

Mira el tiempo del hombre, la vida del hombre, como un libro, y la edad como el capítulo que ahora lees. Quien va por el capítulo XV recuerda el VII. No solo lo recuerda, sino que el que ahora lee no tendría sentido sin él. Lo explica y lo amplía. No hay Andrea veinteañera sin Andrea quinceañera, sin Andrea niña. Y la Andrea madura, la Andrea cincuentona, podrá mirar a la veinteañera con la que hable y pensar: “recuerdo”.

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