Esa extraña sensación que nota, esa desorientación, ese vértigo extraño que le recorre el cuerpo y le alarma porque nunca antes lo había sentido tiene un nombre: victoria.

Es, sí, muy extraño. De hecho, la derecha real lleva medio siglo sin recordar bien a qué sabe. ¡Oh, no me venga con que el PP gobierna, que ha tenido mayoría absoluta recientemente, que ahora hay una conservadora en Gran Bretaña y una democristiana en Alemania!

Estoy hablando en serio, de verdad. Una victoria de un partido no es una victoria del conjunto de ideas, de la visión de la sociedad que se supone que representa si no la aplica desde el Gobierno. Y ¿podrían decirme un solo detalle significativo en el que el progresismo haya retrocedido, no importa la etiqueta que tenga el partido en el poder?

Pese a la retórica, obligatoria en un régimen de partidos, a la izquierda oficial no le quita el sueño en absoluto que gane las elecciones la derecha oficial. Viene a ser como irse de vacaciones dejándole la casa a un amigo apocado y servil: uno sabe que cuando vuelva todo estará exactamente como lo dejo, pero probablemente con cervezas recién compradas en la nevera.

El PP podría quedar francamente muy bien con su sucesor socialista en el futuro mostrándole lo eficazmente que le ha conservador todo, que para algo les llaman conservadores: ¿Ideología de género? ¡Hecho! ¿Aborto? Como lo dejó el señor. ¿Memoria histórica? ¡Claro! Los malos siguen siendo los de siempre y seguimos leyendo a Azaña en la intimidad, faltaría más.

Eso es lo más importante, y eso es lo que mejor respeta la ‘derecha’ oficial: quiénes son los malos y quiénes los buenos; qué es ortodoxia y qué herejía. Todos contra el ‘Brexit’, todos contra Trump.

Pero el ‘Brexit’ ganó. ¿Una carambola, una anécdota aislada? Oh, pero luego en Colombia el pueblo volvió a defraudar a los amos. Distinto y distante, quizá.

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Y entonces ganó Trump. Contra viento y marea, contra todas las apuestas. Contra Wall Street y Hollywood, contra los medios y las multinacionales, contra las ONG y las universidades. Sin pedir perdón, sin pedir permiso, sin someterse a las reglas marcadas por sus enemigos. Contra los prohombres de su propio partido, incluyendo el último presidente republicano.

Ganó. Una victoria de verdad, que ha llevado al estamento globalista al paroxismo.

¿Qué quieren que les diga? Me saben dulces las lágrimas progresistas, soy así de malvado.

Y me da miedo el instinto timorato de la derecha, incluso de la derecha real, su miedo reflejo a ganar, su impulso de ceder ante la progresía triunfante.

Olvídenlo. Ellos van a saco, ellos han ido a muerte. Ellos no conocen la piedad, ellos no hacen prisioneros. Paz y amor con los hombres. Como seres humanos. Pero como defensores de una cultura de muerte, de un sistema implacable decidido a exterminar nuestras raíces y anular nuestra civilización, ni agua.

¿Hueles eso? ¿Lo hueles, muchacho? Es el miedo de los globalistas. Nada del mundo huele así. Huele a victoria.

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