La izquierda son las últimas baratijas -brillantes, chillonas, venenosas- que ha vendido Europa a los indígenas. Es el triunfante colonialismo postcolonial.

La izquierda es ya un póster que amarillea en la pared de un burgués adolescente, que sobrevive dentro de él cuando envejece.

Pero Fidel no es el rostro minimalista de ese póster, de esa camiseta. Es el Che, que tuvo el acierto revolucionario de morir razonablemente joven.

El único modo de ser eternamente joven es morir joven, a ser posible de un tiro en la batalla.

La izquierda es la revuelta, toda su escenografía es la revuelta, es el momento para el que vive. El pasado es siempre oscuro y el futuro es difuso.

Por eso no triunfa Fidel en las camisetas, porque sobrevivió a su propia leyenda

Nadie quiere ver la resaca triste y babeante que sigue a la noche de llamas alegres, camaradas, cantos y el olor a pólvora de la victoria.

Pero el joven envejece y las llamas se resuelven en cenizas y los nervios tensos se quiebran en abulia de esclavos.

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