A Francis Fukuyama  le derribaron tres aviones comerciales el 11 de septiembre de 2001, al estrellarse sucesivamente contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono, la dramática forma que tuvo la Historia de decirle al autor japoamericano que aún no tenía intención de terminar, gracias.

Fukuyama se había hecho un nombre con una sola obra, ‘El fin de la historia’, centrada en la sugestiva tesis de que, en lo que tenía de pugna de ideologías políticas y sistemas, la historia ya había acabado con el triunfo incontestable del liberalismo capitalista, el único que funcionaba. A partir de ahí, ya solo quedaban variaciones con repetición del mismo motivo central.

Pero si la brusca aparición del terrorismo yijadista parecía desmentir de golpe -nunca mejor dicho- la tesis de Fukuyama, lo cierto es que el autor daba en la diana en lo que a Occidente se refiere, como parece demostrar la crisis catalana.

Me refiero a que uno de los efectos secundarios del fantástico lío derivado del ‘procés’ es que la elecciones de diciembre van a ser, en la práctica, monotemáticas. Con independencia de que los partidos elaboren sus acostumbrados programas que nadie lee, las autonómicas están ya planteadas como un extraño referéndum sobre la secesión de Cataluña y el modelo autonómico en general.

Pero si ese es el fondo, la forma y los efectos serán los de unas elecciones, es decir, los distintos partidos obtendrán unos escaños, con los que luego negociarán un gobierno. Y este gobierno tendrá que tomar decisiones que nada tienen que ver con el ‘fet diferencial’, es más, que pondrán de relieve lo que Cataluña tiene en común con cualquier sociedad europea: regular la vida común de los ciudadanos en un sinfín de aspectos.

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Pero no creo equivocarme si digo que no se va a tratar demasiado, no va a ser centro de debate real, la ideología que se aplique, el modo de gobernar, la dirección política dentro del espectro tradicional.

Es algo que podría resultar sorprendente, que de hecho me ha sorprendido de la discusión pública de estos días, que apenas nadie parezca preguntarse en qué Cataluña quiere vivir, solo si es dentro o fuera de España. A un independentista, ¿le da igual que su ‘nació’ se convierta en la República Popular Catalana que en el Singapur del Mediterráneo, con tal de ir por libre y tener asiento propio en la ONU?

Aparte de casos patológicos, esa indiferencia es algo menos demencial de lo que parece. Quien desdeña como cuestión menor la forma concreta de gobernar del partido al que vota no lo hace tanto porque le dé igual acabar en una granja colectiva o en un paraíso libertario como porque intuye, a partir de una ya larga experiencia, que cualquier partido va a aplicar una política muy parecida, la vaga socialdemocracia que ha dominado la vida pública en Occidente desde la posguerra mundial.

En el conjunto de España, en estas cuatro décadas de democracia, se han sucedido gobiernos supuestamente socialistas y presuntamente conservadores. Retóricas tribales y electoralistas aparte, ¿han aplicado unos y otros políticas muy dispares? Los socialistas privatizaron el grueso de las empresas públicas, iniciaron la liberalización del mercado laboral y metieron a España en la OTAN. Los conservadores eliminaron el servicio militar obligatorio, aumentaron los impuestos a un nivel récord y, en su fase actual, han conservado amorosamente todas las medidas de ingeniería social de sus supuestos rivales.

Nadie teme hoy del socialismo convencional que nacionalice la banca o que colectivice la producción, ni del liberalismo que desmantele el Estado del Bienestar. Ni siquiera podrían aplicar medidas lo bastante audaces en un sentido o en otro porque la Unión Europea, a la que pertenecemos y de la que tan difícil es salir sin traumas, pone estrictos límites a tales experimentos.

Esa Unión Europea, de la que podría decirse que es la guardiana del fin de la historia a lo Fukuyama, ha tenido un papel protagonista en el vodevil de la falsa/auténtica DUI, la república de Schrödinger. Desde el lado ‘españolista’ -por emplear un término algo equívoco-, ha pesado mucho el argumento de que la anhelada secesión va a contrapelo de la historia, que vivimos en un imparable proceso de globalización, de creciente integración política y económica en grandes bloques regionales, y que, por tanto, la creación de un nuevo Estado cuando los demás están en trance de fundirse en una estructura superior es un anacronismo absurdo e intolerable.

Creo, sin embargo, que es exactamente al revés; creo que solo el globalismo, la integración internacional, es lo que permite a Cataluña soñar con la ‘independencia’, precisamente porque reduce considerablemente los riesgos. Todas las desventajas económicas o de seguridad que tendría un país pequeño antes de la globalización -como la limitación de mercado, por ejemplo- desaparecen cuando se pertenece a una estructura supranacional.

Es decir, Cataluña puede, de forma algo más realista que hace medio siglo, aspirar a la independencia propia de un Estado, precisamente porque los Estados tradicionales no son ya realmente independientes, realmente soberanos.

 

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