No con una explosión, sino con un quejido

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Nam Sibyllam quidem Cumis ego ipse oculis meis vidi in ampulla pendere, et cum illi pueri dicerent: Σίβυλλα τί θέλεις; respondebat illa: ἀποθανεῖν θέλω

Nadie puede, ni de lejos, hacerle aún sombra a Occidente. Somos los más ricos -desconfíe del ‘milagro chino’: tiene los pies de barro-, los más fuertes, los más creativos. El planeta entero acoge nuestros inventos, copia nuestras instituciones, ve nuestras películas, escucha nuestra música. Nada ni nadie puede destruirnos.

Y, sin embargo, hemos empezado a morir hace ya décadas y no hay vuelta atrás. Morimos, a plazo fijo si no se revierten casi milagrosamente nuestras tasas de fertilidad. Y la demografía es solo el aspecto más evidente, el juego de números, las habas contadas con las que el más idiota puede hacer con los dedos la crónica de nuestro suicidio. Somos sociedades estériles, sociedades cada vez más viejas.

Pero es, ya digo, el último síntoma, el indicio más burdo y de bulto, en absoluto la causa. Occidente muere porque desea morir. Hay una terrible pulsión de muerte en su cultura, en nuestra cultura. Todos sus impulsos parecen dirigidos contra la vida, hacia la extinción. No es meramente estéril, sino que parece poseída de un entusiasmo por promover esa esterilidad en todos sus aspectos: su arte es estéril, sus políticas son estériles, su economía es estéril, lo que enseña como bueno en sus aulas y en sus libros, películas y manifestaciones es estéril.

Toynbee, al menos en esto, tenía razón: nadie mata a las grandes civilizaciones, se suicidan. Nada había tan grandioso, tan poderoso y perfecto en el siglo V como Roma. Ni aun los bárbaros querían otra cosa que vivir de ella y como ella. Pero murió, podrida por dentro. Como nosotros.

No esperen un futuro a lo Mad Max. No es así como llega el fin. Es acostumbrarse a que empiecen a fallar los servicios, a que sea un privilegio poder formar una familia, a que tu barrio se parezca cada vez menos a ti, a que sean cada vez más las ‘tierras de nadie’ donde es mejor no entrar.

Las señales están por todas partes, y es tan deprimente como sencillo hacer el inventario, desde ese nuevo entusiasmo de converso por la combinatoria sexual estéril y el enfrentamiento demencial de los sexos a una economía de trileros; desde ese ansia de nuestras élites por anegar nuestras poblaciones y sustituirlas por otras llegadas directamente del Tercer Mundo -con la arrogancia de quien ve en las personas piezas de Lego intercambiables, sin identidad ni cultura- al cultivo cuidadoso de una utopía infantil.

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Nada le mata: Occidente quiere morir porque se odia. En una época en que todo ‘colectivo’, por minoritario que sea o enfermizo que suene, resulta inatacable y cuando el comentario más inocente puede interpretarse como un crimen de odio, aún hay un grupo que es no solo lícito, sino virtuoso odiar: todo lo que tenga que ver con nuestra civilización, con quienes construyeron la Catedral de Colonia, compusieron el Miserere, escribieron el Quijote y Macbeth, inventaron el parlamento y la universidad,  enseñaron al mundo la dignidad de todo ser humano. Especialmente, claro, la Maestra de toda nuestra civilización, la Iglesia católica.

Ninguna teoría más idiota que la del progreso, esa que enseña la historia como una triunfante línea siempre ascendente. La historia, sabían los antiguos, es circular, y todas las grandes civilizaciones siguen su inevitable ciclo de crecimiento, auge y decadencia. Habrá resistencia, pero será tan hermosa como inútil. Hemos empezado a morir sin remedio, y a los más que podemos aspirar es a hacer un cadáver bonito.

Stupor Mundi

 

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Imagina que te despiertas un día, te asomas a la ventana y al otro lado ves la bulliciosa Roma imperial.

Supón que es de repente púrpura la hierba de tu jardín bajo un cielo del color del oro viejo. Corretean entre las basuras elefantes diminutos, y en el zoo contemplan los niños de excursión ratones gigantescos como camiones. En la nevera espera un plato con varias ballenas azules que caben cómodamente en la sartén, y en el lejano mar de un ocre claro y luminoso navegan majestuosas sardinas del tamaño de un galeón.

finding_myself_in_wonderland_by_chrisables¿Quién podría sustraerse al estupor en un caso así, quién se alzaría de hombros y dejaría de admirar esa hierba y ese cielo, edificios, animales, mar?

Y, sin embargo, la hierba es gloriosamente verde, el cielo de un luminoso azul. Los romanos miraban por la ventana con indiferencia esa escena que para ti es motivo de absorbente interés y encanto. Y hay la misma gloria en el ratón diminuto, en el enorme elefante, que si intercambiaran sus tamaños.

El cínico es el que cree ver la verdad debajo de sus velos, y se burla arrogante del vulgo que conserva una medida de asombro. Pero es él -en algún grado, todos- quien tiene el velo absurdo del hábito, que cae en la trampa, quien se deja engañar por el espejismo de la repetición, como si el verdor de la hierba se degradara y desliera con cada vistazo, como si el fuego, el mar fueran un punto menos grandiosos la milésima vez que los contemplamos que la primera.

Ese es uno de los aspectos que hacen evidentes y no meramente ciertas las palabras: “si no os hacéis como uno de estos pequeños, no entraréis en el Reino de los Cielos”. El niño es un recién llegado, un explorador para el que todo es nuevo, para quien un bosque de árboles es tan fantástico como sería para cualquiera de nosotros un bosque de hongos inmensos. La repetición no nos hace ver las cosas como son, al contrario: nos vela ante su obvia maravilla, en un terrible efecto secundario de nuestra naturaleza averiada.

En lo que tiene de sacra, la poesía es revivir esa primera visión de los hombres como árboles que andan, de una luna recién y violentamente creada como una misteriosa lámpara redonda. Veneramos al poeta como a un hombre que sabe ver como se ven las cosas en el alba primera, y solo una civilización cansada puede ensalzar poetas que encuentran vulgar el mar y aburrido el fuego.

Ángel y Marta

La progresía no sabe parar ni fijarse límites, y nos gobierna como una Srta. Rottenmeier neurótica con los poderes de Iósif Stalin. No nos gobierna, en realidad: nos pastorea. Me fijo en la enésima campaña pública en la que quieren dictarnos lo que hacer en nuestra propia casa con nuestros propios hijos, esta del Gobierno de Murcia y con el orwelliano lema de que ‘Los juguetes sexistas limitan su libertad’, no que ellos encajonen permanentemente la nuestra. Si esa palabra tan baqueteada, fascismo, significa algo, fascismo es esto, aunque tendría más sentido adscribirlo a ese otro totalitarismo que duró más y produjo más muertos. No lo glosaré ahora, sino para resucitar una vieja columna que escribí hace exactamente una década con motivo de una campaña igualmente paternalista y ‘paritaria’.

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La premisa esencial de una democracia es que se puede confiar en que la gente sepa lo que más le conviene. O, dicho de otra manera, que el común tiene derecho a arreglar sus asuntos como crea conveniente mientras no perjudique ilícitamente a otros. Si no es así, si no se le supone a la gente corriente la capacidad y el derecho de tomar libremente las decisiones que afectan a sus vidas, entonces confiarles la elección de sus gobernantes sería tan irresponsable como darle una gillette a un mono.

No creo descubrir ningún secreto si digo que la clase política, con honrosas excepciones, no cree en la democracia. Para sus representantes, es un mero mecanismo de elección, más previsible que la lotería y menos sangriento y arriesgado que una batalla. En sus actuaciones concretas, no hay un solo gobierno -a nivel estatal, autonómico o municipal- que no trate a sus representados como menores de edad a quienes hay que salvar de sí mismos y sus estúpidas decisiones personales. Si el representante que he nombrado para cualquier negocio empieza a sermonearme, deberé concluir que no se toma su papel demasiado en serio.

Hasta aquí, nada nuevo ni demasiado grave. Lo verdaderamente grave es que la gente ya se ha acostumbrado a este omnipresente fascismo bajo en calorías y pasa sin comentario ante las intrusiones más escandalosas en su intimidad. Aquí un ministerio puede gastar alegremente una pasta en una campaña contra la ola de calor, en la que benévolamente se nos hace partícipes de arcanos de la ciencia tales como que a la sombra se está más fresquito sin que el despilfarro acabe en titulares.

La última muestra de paternalismo políticamente correcto es, en el Ayuntamiento de Madrid, unos carteles que pretenden darnos lecciones de igualdad de sexo. Los carteles muestran una plancha y unas tenazas, cada una de estos instrumentos acompañados por la pregunta “¿de Ángel o de Marta?”. El más descerebrado deducirá el epílogo, en el que se nos adoctrina que las dos herramientas deben ser de Ángel y de Marta.

Se habla mucho de los males de la corrupción, pero personalmente preferiría que el responsable de estas campañas metiera todos esos fondos en su cuenta corriente; mi dinero lo tendrían igual, pero al menos no me sentiría insultado por este torpe e indignante intento de ingeniería social.

El político olvida que la familia es la madre del Estado, y no al revés. Si tuviera un ápice de sentido, la trataría con la reverencia que merece y recordaría las lecciones que aprendió en la suya propia en lugar de sermonearla desde el lugar más inadecuado -el de mero representante- sobre cómo debe organizarse.

Si mi vecino opinara sobre cómo debo organizar mi matrimonio, le mandaría a freír espárragos -como, imagino, la inmensa mayoría de los lectores-; y, sin embargo, mi vecino me conoce y me es mil veces más cercano que el funcionario que quiere distribuir las herramientas entre mi mujer y yo. No tengo el placer de conocer a Ángel y Marta, pero les deseo de todo corazón que establezcan un libérrimo y personalísimo acuerdo sobre el uso de la plancha y las tenazas. Que se decanten por la tradición, y Marta se quede con la plancha y Ángel con las tenazas; o por la revolución, y cambien las tornas; o por la racionalidad, y determinen el uso de una y otra herramienta según su capacidad e inclinación. Que opten, si lo desean, por el surrealismo y usen la plancha para hacer gambas a la plancha y las tenazas para comer espárragos. Pero que no permitan que un remoto e ideologizado funcionario, con dinero ajeno que gastar, les diga cómo deben vivir sus vidas.

Todo es postureo

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Anécdota de comida navideña. Mi (hermano, primo, cuñado, amigo) es directivo en una gran empresa española con presencia en medio mundo.

Hace no mucho, en una reunión, se presentaron todos con una chapita contra la Violencia de Género que repartía a la entrada una empleada. X entró sin ella en la sala. Todos muy concienciados ante el problema, censuraron a mi hombre que se negase al paripé.

Algún tiempo después se convocó otra reunión, esta para tratar la entrada de la empresa en el mercado saudí. Consultado, X llamó la atención sobre el hecho de que un día consideraban importante llevar una chapita que no ayudaba a nadie contra la violencia de género y un poco más tarde decidían hacer negocios con un régimen donde las mujeres son seres de tercera. Pero nadie pareció ver la contradicción…

La santidad es hoy un hashtag, una pegatina. Hay una absoluta desconexión entre las causas que uno apoya con impostado fervor y lo que luego uno hace, porque en realidad se trata solo de sumar puntos de prestigio apoyando causas de moda, nada más. Luego está la vida, y esa es la que habla de lo que de verdad somos.

Aparta tus sucias zarpas de mi Navidad

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De todos los debates falseados del discurso público -y hablo de una lista interminable-, quizá el más preñado de malentendidos y piadosas mentiras sea el del laicismo. Nunca ha existido, ni existirá, ni puede existir un régimen laico en el sentido que dan a la palabra hoy los dueños del discurso, es decir, el de una clase gobernante perfectamente neutral ante las distintas visiones del mundo, del destino del hombre, de los dogmas morales. Ni siquiera, del todo, puede escapar del desarrollo de una liturgia oficiosa.

Cuando Occidente se llamaba la Cristiandad, el cristianismo era la religión de Estado no porque los reyes la hubieran impuesto al pueblo, sino exactamente al revés: primero el común hizo suyas, vivas, las creencias de la Iglesia y les dio el color de las fiestas, diseñó en gozoso anonimato colectivo formas de celebrar cada ocasión señalada, con sus canciones apropiadas y sus escenificaciones precisas, con una gastronomía y hasta una pauta horaria propias.

La Navidad, no en el sentido de fiesta estrictamente religiosa, sino de fiesta popular, pública en todo Occidente, no es una celebración diseñada en un estudio por encargo del gobierno de turno, con pautas publicadas en el BOE. Los poderes públicos o los grandes almacenes pueden solemnizar la Navidad, pero no crearla, como el matrimonio. La reciben ya hecha y plagada de tradiciones y rituales asociados, que a veces varían de región en región, porque nace así, de la gente que entiende lo que significa que Dios, el creador de todo, la absoluta omnipotencia, se haya hecho uno de los nuestros, como un general que se infiltrara en solitario en las líneas enemigas. La imaginación que no se conmueva con la escena del Todopoderoso convertido en un recién nacido que depende en todo de sus padres nunca podrá entender una palabra de poesía.

No es, por eso, que defienda la postura de los avinagrados puritanos ingleses que prohibieron la Navidad, o que le ponga pegas a algo tan evidentemente democrático como un gobernante poniéndose al servicio de un proyecto universal del pueblo, no. Es, sencillamente, que el culto, la religión oficial, aunque tácita y sin nombre, es ya otra, no meramente distinta, sino descaradamente hostil a la fe que vio nacer la Navidad. En el belén de nuestra vida política, el Palacio de Herodes está en el centro y en el primer plano.

La Navidad es cristiana, y los cristianos, que la hemos creado incluso como fiesta popular, la hemos compartido encantados con gentes de todo credo y condición. Pero cuando el mundo se ha vuelto resueltamente en contra de todo lo que simboliza la Navidad, es hora de reclamar el ‘copyright’. No hago de esto una cuestión liberal; es decir, no defiendo solo que las autoridades públicas aparten sus sucias manos de nuestra fiesta. Abjuro igual de su industrialización privada, maldigo su uso vago, difuso, desconectado de su origen, para vender perfumes o hipotecas.

christmas-50sPara salvarse, la Navidad debe volver donde nació: la familia, la casa, el hogar. Chesterton se alegraba de que la Iglesia hubiera decidido solemnizar el nacimiento de Cristo cuando más frío hace en el año y menos apetece salir a la calle. El hogar es el espacio más desolado de la modernidad, la fortaleza de la que hemos desertado masivamente.  El hombre moderno es una criatura coja de una pierna, la vida privada, mientras que despliega una atroz hipertrofia en la otra, la vida pública. Quizá no sea muy práctico pedir un vuelco radical a este desequilibrio, pero al menos en Navidad podíamos volver al hogar y construirla, vivirla allí. Y dejar que desde allí vuelva a hacer nuevas todas las cosas.

Los polvos del 68

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Eran la generación del “prohibido prohibir”, “la imaginación al poder”… Ahora sus nietos los quieren muertos. Es demasiado PERFECTO.

Hay en la armonía de las cosas, en el inexorable cumplirse de los efectos en relación a las causas, tal motivo de satisfacción intelectual que uno apenas puede dejar de sentirla incluso cuando se trate del proceso del horror.

Ha estallado en Twitter, como una floración venenosa, una riada de comentarios de jóvenes podemitas lamentando amargamente que los mayores de 60-65 voten, que no saben de qué va la vaina, deseando los más moderados que les quiten el voto y los más exaltados que se mueran ya. Y, sí, me apena y me horroriza, no me tomen por un monstruo. Pero no puedo evitar cierto oscuro estremecimiento de gozo salvaje contemplando, una vez más, cómo los efectos siguen inexorablemente a las causas.

008Aquellos que los podemitas exaltados quieren apartar, de la vida o de las urnas, eran los veinteañeros del Mayo Francés, los de esa revolución de pega del 68 que triunfó sin ocupar un solo ministerio. Buscaban la playa bajo los adoquines, que también es mala suerte hacerlo en París, una ciudad que con los romanos tomó su nombre del lodo; querían prohibir prohibir, pero pronto se dieron cuenta de que era más divertido prohibir cualquier otra cosa, especialmente el sentido común; y clamaban por llevar la imaginación al poder, y lo han conseguido aunque el resultado recuerde más a Lovecraft que a Tolkien.

Educaron a sus hijos en estas ideas. No hablo individualmente, sino en los libros que éstos leyeron, las consignas que oyeron repetir incesantemente, en las películas y las series, en las canciones y en esa pedagogía demencial que ha llamado “autoestima” al narcisismo. Les convencieron de que el más zote de ellos podía llegar a ser lo que desease, que cualquiera de ellos era lo mejor, que nada había tan perverso como reprimir un deseo y que no verlos todos cumplidos era siempre culpa de un ‘sistema’ odioso y opresor. Les enseñaron, en fin, a odiar las limitaciones, que son las que mejor educan y con lo único que se puede construir.

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Nunca he conocido, ni por la experiencia propia ni por lecturas, generación más mansa, jóvenes más adocenados, mocedad más dócil y fácil de llevar. Agitan y marchan y se oponen al sistema, exactamente como un disciplinado ejército que cumple órdenes, porque eso les han dicho que corresponde. Habla con uno y será como hablar con todos: ni una idea disidente, ni una chispazo personal, ni un paso tímido un milímetro más allá de su férrea ortodoxia bienpensante.

Pero quienes gritaban aquello de que nunca te fíes de nadie mayor de 30 pasan ya de los 60, y han programado a varias generaciones en el desprecio de una edad que, oh, ahora es la suya. No te salvará la coleta cana, ni el patético y a menudo equívoco uso de expresiones juveniles, ni halagarles ni tratar febrilmente de ‘seguirles el rollo’. Les has programado pacientemente para que se opongan a muerte a lo que ya eres, en una espantosa parodia de Revolución Cultural ralentizada y aún incruenta, y como niños buenos que han aprendido la lección -tu lección- te arrinconarán como un mueble viejo antes de retirarte la sonda.

El misterio de Vox

En la vida política española de hoy hay un misterio digno de Cuarto Milenio, un misterio tan evidente que estoy seguro de que lo que escribo resultará redundante porque ya lo han debido tratar mejor en algún otro lado: el misterio de Vox.

Veamos. El PSOE es el rival eterno, el que todavía ocupa el segundo puesto en todas las encuestas, al que correspondería con toda probabilidad formar gobierno si el PP no da la talla en las urnas.

Pero se ha hablado de una ‘Operación Salvad al Soldado Sánchez’ que, aunque probablemente inexistente, resulta plausible. El PP pega flojo, insultos de debate aparte, y no nos extrañaría que los populares soñaran con una vuelta a esa plácida alternancia de cuando ellos y los socialistas se repartían el pastel parlamentario.

Ciudadanos es el partido que le está comiendo la tostada, sí, y van por Rivera. Pero, una vez más, no hacen sangre. A poco que se tuerzan las cosas, van a precisar de su benevolencia, y si conviene atacarles, no así exasperarles ni volar todos los puentes. Les reconocen, al fin, que ya es algo.

Podemos podrá ser la pesadilla de cualquier votante pepero, pero es un secreto a voces que los de Rajoy se lo han puesto a Pablemos como se lo ponía a Felipe II, que parecían los apoderados de un novillero prometedor. Si podemos decir “es de día, Pablo está en alguna tele” no ha sido, precisamente, con la oposición del Partido Popular.

Cualquiera de estos partidos puede arruinarle al PP la noche electoral, son todos ellos enemigos directos de sus posibilidades de formar gobierno. Y, sin embargo, los reconoce y, en algún caso, alienta y respeta.

A todos menos a Vox. Vox no existe, Vox no se menciona ni para maldecirlo, a Vox se le boicotea por detrás… ¿Por qué? Muchos de sus candidatos son ex miembros del Partido Popular, incluido su líder, Santiago Abascal, y no suponen la menor amenaza, que no hay encuesta que les dé un mísero escaño. Incluso les podría beneficiar que hubiera en el parlamento un grupo más a la derecha, para unirse a los chicos guay de la clase y hacerles el vacío al extremista, que es lo que parece desear el PP desesperadamente. ¿Por qué, entonces, esa saña?

Vox es el Fantasma de las Navidades Pasadas para el Scrooge ‘popular’. El programa de Vox reproduce casi milimétricamente el corpus ideológico del votante hardcore del PP, las ideas que lo auparon en su día y le abrieron la puerta de la Moncloa. Vox es un permanente reflejo de lo que dijeron que iban a ser, recordatorio de la traición reincidente a su electorado.

El votante tiende a ser tribal, a votar “a los suyos”, a los que reconoce como suyos, y a perdonar fácilmente las desviaciones ideológicas. En el caso del votante de derechas, el caso es más grave, rozando el Síndrome de la Mujer Maltratada que se niega a aceptar que su marido es un bruto y asegura que, en el fondo, es bueno y la quiere. El PP ha atacado como oposición todas las iniciativas de ingeniería social de Zapatero para mantenerlas después. Todas es todas. No hay forma de distinguir en el PP real una plataforma ideológica sustancialmente diferente a la del PSOE, retóricas aparte. Pero el votante parece ligado por una especie de enfermiza ‘devotio iberica’ al partido.

España es políticamente lenta, va con cierto retraso. Un ejemplo: en España el europeísmo entusiasta sigue siendo de rigor en todos los partidos, como si todavía temiésemos que Europa empezara en los Pirineos, mientras en los países del núcleo duro de la UE es ya un concepto discutido y discutible.

De igual forma, a la derecha pepera de Occidente le están creciendo los enanos de una derecha que se lo cree, que no quiere ser el Dumbledee blando para el Dumbledum de una izquierda amorfa. El Frente Nacional es el partido más votado en Francia, en Gran Bretaña el Ukip empieza a despuntar, en Suecia las encuestas dan ganador a un partido, los Demócratas Suecos, que ha sido calificado de neonazi. Hasta en la Grecia de Syriza pesan los chicos de Amanecer Dorado con sus brazos en alto.

En España, la alternativa al sistema es Podemos, un partido de leninistas de instituto que sueña con hacer un ‘Aló Presidente’ con Pablo Iglesias. La derecha seria, real, que sería Vox, no se come un colín.

Hay muchas razones para que sea así, sin contar con esa lentitud de que hablaba antes.

La inmigración masiva, que en muchos casos ha llevado a los pueblos europeos a buscar quien reivindique su identidad nacional, ha sido en nuestro caso algo menor y formada mayoritariamente por un grupo, los latinoamericanos, más fáciles de asimilar por lengua, religión y viejos lazos históricos.

España tiene fresco en la memoria -demasiado fresco- el recuerdo de cuarenta años de dictadura demonizada, y toda derecha que no le ría las gracias a la izquierda oficial se arriesga a ser identificada con aquel periodo.

También hemos pasado siglos anhelando que nos dejen entrar en el club europeo, mucho antes de la existencia del Mercado Común, y una vez dentro del grupo oficial es lógico que no sintamos muchos deseos de quedarnos otra vez fuera.

Pero los vientos soplan por donde soplan, y España, al cabo, acaba imitando las modas de París aunque sea con retraso. Eso lo saben en el PP, saben que si le dan un dedo a Vox, Vox terminará por devorarles porque los de Abascal representan algo y ellos, nada. Lo que quiere evitar a toda costa el PP es, por así decir, que les vean juntos y comparen, como esa vieja diva que evita como la peste salir en las fotos junto a su joven y atractiva sobrina.

Igualdad

Paso de jugármela como tú.

No quiero tus noches en blanco haciendo números, ni los portazos en las narices que te has llevado.

No tengo la más remota intención de renunciar a todos los ocios, el tiempo con amigos, los días de vino y rosas que te has perdido afinando tu proyecto.

No deseo tus desvelos, tu desesperación de madrugada cuadrando cifras, resolviendo problemas, ajustando tablas, previendo dificultades.

No puede apetecerme menos vivir todos los fracasos que has vivido antes de acertar.

Ni esos insomnios el día antes de luchar por un gran contrato o de reducir plantilla.

Ni ese vértigo de saber que en cualquier momento algo puede torcerse y acabar en la ruina y embargado, no.

Pero si al fin triunfas, si todos esos desvelos y esfuerzos dan su fruto y obtienes beneficios, quiero mi parte.

Se llama Igualdad, ya sabes, y es sagrada.

Feliz Navidad (con perdón)

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Quizá me haya fijado poco, pero no recuerdo haber visto familias montando juntas e ilusionadas una maqueta de las Cortes, con sus figuritas en plástico o arcilla de los padres constitucionales, cuando se acerca el Día de la Constitución. Tampoco ha cuajado en el vulgo la costumbre de colgar vestiditos de diseño de las mejores firmas en un árbol durante la Semana de la Moda de tal o cual firma de grandes almacenes, y hay que admitir que apenas ha echado raíces en nuestro pueblo la tradición de poner los zapatos en el salón en vísperas del Día de las Fuerzas Armadas para que el ministro de Defensa los llene de regalos.

f0af64a3fc75f50879236b3ad9612a8fSe ha convertido en un tópico la idea de que las Navidades son un invento de los grandes almacenes. No es frecuente leerlo así, con todas las letras, porque el absurdo se hace demasiado evidente, pero el concepto de una especie de conspiración capitalista para crear una fiesta del gran consumo con un pretexto más o menos adecuado está muy extendido.

Quienes difunden este mito no tienen razón, claro, pero sí razones: aproximadamente la mitad de la facturación anual de los minoristas de bienes de consumo corresponde a estas fechas. La llamada al consumo masivo, ardiente como una llamada a las armas, nos acecha machacona desde todas las televisiones, publicaciones, cadenas de radio y vallas publicitarias.

Pero las fiestas populares no se ‘inventan’. Al pueblo se le pueden imponer -se le imponen- un régimen político, ideologías, impuestos (que por algo se llaman así), preferencias de consumo, o canciones de verano. Pero intentar imponer por decreto -o por campaña de marketing- un motivo de celebración es como tratar de decidir por otro de quién tiene que enamorarse. Si no fuera así, ¿por qué no trasladar la Navidad a primavera, cuando hace mejor tiempo y se puede callejear de compras?

Sólo la religión ha dado fiestas populares a los hombres. Los pueblos se ponen de acuerdo para llorar juntos la muerte de un profeta, no de un político; para regocijarse e intercambiarse parabienes por el nacimiento de un dios, no de una nueva línea de producto.

Hay un intento de ‘laicizar’ la Navidad, es cierto. Pero todas las tarjetas presuntamente navideñas con paisajes nevados o motivos abstractos, todas las iluminaciones callejeras ‘de arte y ensayo’, todas las asépticas felicitaciones “de las fiestas” y todos los papanoeles aconfesionales del mundo no pueden ocultar lo que se celebra: nos ha nacido un Salvador.

No pretendo animaros a que cenéis un humilde plato de garbanzos en Noche Buena o a que regaléis juguetes hechos en casa para Reyes. Aunque en muchos casos se haya salido de madre hasta el punto de eclipsar lo importante de la fiesta, el consumo extra de estas fechas tiene su origen en una intuición universal como la Navidad: la idea de celebrar las buenas noticias con un banquete y tirando la casa por la ventana.

Basta con que se recuerde el motivo de la alegría por debajo y por encima de todos sus signos externos, que gastemos y celebremos porque estamos alegres, y no al revés.

Feliz Navidad.

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En defensa de la discriminación

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Siempre me ha gustado la publicidad antigua, de ese tiempo en que los productos se ensalzaban sin retorcidos trucos emocionales de lenguaje, y recuerdo una coletilla habitual en muchos de los carteles publicitarios ingleses, ya se vendiesen zapatos o paraguas: “For the discriminating gentleman”.

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“Discriminar” lidera la lista de nuevos pecados capitales introducidos por la modernidad, al punto que decir de una actuación o medida que “discrimina” es condenarla fulminantemente a la hoguera. “No a la discriminación” se ha convertido en una consigna tan natural que la oímos o leemos como quien oye o lee que la tierra es redonda, como una perogrullada que nadie en su sano juicio pondría en duda por un segundo.

Es, como tantas cosas que damos por supuestas, un disparate, y un disparate que amenaza con llevarse por delante nuestra civilización.

Discriminar no es otra cosa que distinguir, algo que no podríamos dejar de hacer y seguir pensando, algo que, de hecho, hacemos continuamente, cada hora del día, en nuestra vida personal. Negarnos ese mismo juicio elemental en la vida pública, en las decisiones de las que depende la marcha misma de nuestra sociedad, es suicida.

La naturaleza -esa madrastra indiferente e implacable que nos queda cuando expulsamos a Dios- es una máquina de discriminación, es decir, de distinción, de separación, de contraste. El hombre puede canalizar, ordenar, moderar su naturaleza. Pero no ir frontalmente contra ella, menos aún toda una sociedad.

La lucha contra la discriminación es, a la larga, una lucha contra la reflexión, es pedirnos que consideremos igual ocho que ochenta e imbuirnos la noción de que la realidad es un magma gris donde las distinciones son una ilusión que hay que desterrar.

En la práctica, las políticas basadas en la no discriminación dan con frecuencia resultados no solo desastrosos o, al menos, ineficaces, sino con frecuencia de una comicidad irresistible. Pero nadie, o casi nadie, ríe. Y esa es una segunda aplicación de la “no discriminación”: humillarnos. Quizá el lector juzgue una exageración que afirme que nuestros gobernantes buscan activamente humillarnos, envilecernos, degradarnos, pero el motivo es obvio: un pueblo degradado es un pueblo servil, menos propenso a la rebelión, porque hasta la rebelión más modesta exíge un mínimo de conciencia de la propia dignidad. Los cerdos protestan, pero no se rebelan.

Y no hay mejor modo de degradar a un pueblo que hacerle cómplice de las mentiras del poder. No hablo de engañarles, algo que no es intrínsicamente humillante para el engañado, sino de forzarles a asentir a dogmas evidentemente falsos, repetir consignas que no se creen, que quienes las difunden no creen y que todos saben que son mentiras. No se me ocurre prueba más flagrante del poder desnudo, ese asentir a que delante de los ojos tenemos cuatro dedos cuando nos enseñan una mano completamente abierta, como en la novela de Orwell ‘1984’.

Si Occidente tiene aún una oportunidad de detener su decadencia, su marcha hacia la irrelevancia civilizacional, urge que abandone el nefasto y autodestructivo culto de la ‘no discriminación’. Vuelve a discriminar, Europa, para volver a la justicia, a la razón, a la eficacia; vuelve a discriminar porque el “distinguo” de los escolásticos sigue siendo la piedra de toque de la inteligencia.